Joachim H. Knoll

Si bien entretanto las ciencias se han dedicado de forma bastante intensiva a la problemática de las minorías, no se puede decir lo mismo de la política y de la política educativa. También el estudio de sus efectos sobre la educación de adultos es igualmente insuficiente. El autor presenta algunos modelos de integración, que, sin embargo, no pueden ser generalizados. Dependen más bien de los contextos específicos de cada país y cultura. Ello no sólo rige para los Estados industrializados, sino especialmente para los países en desarrollo, donde el problema de las minorías étnicas es particularmente marcado y conflictivo. El Prof. Dr. Joachim H. Knoll, que en el número 54 de nuestra revista hizo un aporte relativo a la educación de adultos comparativa, fue presidente del área de educación de adultos y trabajo juvenil extraescolar en la Universidad de Bochum hasta su jubilación en el año 1997. Fue editor del Anuario Internacional de Educación de Adultos durante 25 años, y es miembro del Consejo del IIZ/DVV.

Minorías en un escenario de tensión entre la aculturación y la segregación

Algunas aclaraciones respecto de los conceptos de segregación, integración, asimilación y re-integración

Si bien el siguiente artículo nace en parte de una preocupación personal —durante mucho tiempo pertenecí a una minoría—, no por ello carezco de la necesaria legitimidad científica para abordar el tema: como profesor universitario de educación de adultos y educación extraescolar de jóvenes intenté, desde un comienzo, darle a mi cátedra un carácter y fundamento internacionales. Fuera de realizar muchas visitas, consagrarme a períodos de estudio y dictar charlas en el exterior, y de participar en comisiones de expertos a cargo de asuntos en el extranjero, fui el promotor y el responsable durante muchos años del Anuario Internacional de Educación de Adultos (desde 1967), publicación que sólo recientemente delegué en otras manos. De acuerdo con su concepción, la finalidad de esta publicación era complementar el desarrollo de la investigación internacional y comparativa de la educación de adultos; el interés mío era participar, como publicista, en las realidades y los problemas de las minorías. Mi especial interés despertaron los procesos de reconstrucción social y político-educacional que en los últimos años vivieron numerosos países, y las nuevas formas de convivencia que hubieron de encontrar. El Consejo Europeo fue durante mucho tiempo la autoridad encargada de acompañar estos procesos. Participé gustosamente en sus programas relativos a la culturalidad de países pequeños y proyectos sobre «protección y promoción de minorías y lenguas minoritarias». En Europa, los puntos de referencia fueron, por una parte, las así llamadas minorías «autóctonas», es decir, aquellas de larga tradición y arraigo, como por ejemplo los catalanes en España o los sorabos en Alemania, y, por la otra, las minorías «alóctonas», a saber, minorías nuevas, producto de migraciones recientes, ya sea por razones económicas, políticas, laborales o geográficas (los turcos en Alemania, los norteafricanos en Francia, los italianos en Suiza).

A fin de determinar puntos fijos para abordar científicamente la materia y lograr mayor claridad, nos debemos remontar al congreso de la Unificación Europea de Ciencias Comparativas de la Educación, celebrado en Wurzburgo en 1983. Personaje central de aquel evento fue Wolfgang Mittler, quien también en los años que siguieron a dicho congreso contribuyó considerablemente al debate sobre lo ajeno, lo distinto, el convivir, lo cercano y lo distante, y quien siempre podía enriquecer la discusión con su expeýiencia y sus vivencias propias. También él había pertenecido en su infancia y juventud a una minoría. De más está decir que en los países clásicos de inmigración se habían realizado ya numerosos trabajos sobre la materia, tanto en lo que se refiere a las condiciones reales determinadas a través de la observación individual, como a una sintomatología general. Cuatro años antes del encuentro de Wurzburgo, los comparatistas canadienses Mallea y Shea presentaron un compendio bibliográfico que documentaba, en 300 páginas, el estado de la investigación en aquel entonces. Fuera del Instituto de Pedagogía de la Universidad de Vancouver, también el Ontario Institute for Studies in Education (Instituto para Estudios en Educación de Ontario) desempeñó un papel preeminente en este campo. Con el tiempo, este último se transformó en la Meca de los investigadores de minorías y multiculturalismo. En comparación con la gran cantidad de publicaciones que existen en la actualidad, estos comienzos seguramente nos parecerán rudimentarios, pero un análisis de los fundamentos científicos sentados en aquel tiempo demuestra que posteriormente no se desarrollaron perspectivas o modelos de explicación del éxito o fracaso de determinados proyectos de integración de minorías que hayan aportado conocimientos realmente nuevos.

En general se puede decir que ha aumentado la intensidad de la investigación y que se han configurado ciertos aspectos centrales, por ejemplo:

  • trabajos sobre minorías autóctonas en el escenario de tensión producto de conflictos nacionales, lingüísticos y étnicos;
  • bilingüismo y política regional;
  • bibliografía —cada vez más numerosa— sobre la situación de los migrantes por razones de trabajo;
  • enfoques de la investigación sobre multiculturalismo e interculturalidad, y
  • publicaciones y descripciones de proyectos sobre migraciones y el surgimiento de movimientos migratorios como fenómeno transnacional y europeo.

Con estas referencias poco detalladas a la bibliografía sólo se pretende demostrar que en la actualidad reina una especie de jurisdicción y pertinencia en el estudio científico de las minorías, las que han sido asumidas también por algunas instituciones de educación de adultos en su práctica educativa, pero que, en relación con ello, la preocupación política y político-educativa del tema es en numerosas ocasiones aún insuficiente y la gestión poco objetiva e inadecuada. Además, la discusión está demasiado cargada de sentimentalismo.

De hecho, se debería suponer que en este contexto es innecesario ahondar otra vez en precisiones conceptuales. Si bien es indudable que existe claridad sobre «qué» significa un determinado término, se debe tener presente que con frecuencia son instrumentalizados políticamente o bien tienen connotaciones distintas en un país u otro.

El hecho de que durante largo tiempo la política de nuestro país no haya hecho una clara diferenciación entre «asimilación» e «integración» fue seguramente acertado. Sobre «segregación» sólo se hablaba de paso, casi en forma confidencial, haciendo referencia a aquellos inmigrantes laborales cuya permanencia en el nuevo entorno era concebida como breve o en todo caso transitoria.

El concepto de segregación —en el cual fluyen también elementos de la autoformación de guetos al igual que de la segregación propiamente tal— se empleaba en relación con las migraciones europeas de los años sesenta y setenta, cuando se partía del supuesto de que la «re-integración» (reincorporación) en los países de origen sería tanto más fácil y posible si se mantenía intacto el trasfondo cultural y religioso de dichos migrantes. Esta tendencia se reflejó en la política sobre educación escolar de los hijos de inmigrantes: se supuso que también la «retención idiomática» (mantención de la lengua materna) sólo sería factible a través de escuelas especiales para estos niños y jóvenes. En este contexto, la segregación parecía legitimada también por la autopercepción de numerosos inmigrantes de aquellos años. Dicha postura frente a la formación escolar de los hijos de los inmigrantes difícilmente sería compartida por alguien hoy en día. Otra cosa es la autosegregación o la autoformación de guetos. En este caso, el proceso de segregación lo realiza en forma consciente (sociedad paralela) el propio inmigrante, quien teme que la integración obstaculice su futura y fluida re-integración en su patria. Entre los grupos minoritarios que hasta el día de hoy practican estos procesos de autosegregación se encuentran las minorías japonesas en las metrópolis europeas y grupos judíos en Alemania. Pero este no es un fenómeno cuantitativamente relevante.

Es especialmente difícil hacer una clara diferenciación entre los conceptos «integración» y «asimilación». Incluso en los países tradicionales de inmigración, como por ejemplo los Estados Unidos y Canadá, en parte también Australia, tienen diferentes connotaciones, que frecuentemente son más que meras cuestiones de pareceres. En relación con medidas que analizaremos más adelante en este artículo, en el caso de los Estados Unidos queda por verse si la política de asimilación ha llegado a su término o si, luego de una fase de creciente integración, se va a volver a la asimilación. Aquí me permito hacer referencia a una reciente regulación lingüística de California, con la cual se pretende reprimir el idioma y las particularidades culturales de los «latinos», es decir, de los inmigrantes de lengua española. Desde la perspectiva norteamericana, asimilación es la absorción plena por la nueva sociedad, es decir, la incorporación total en la nueva socialización: la doble identidad inicial ha de ser reemplazaýa por una identidad exclusiva, a saber, por la identidad estadounidense. La política canadiense en materia de minorías habla a la vez de «integración» y «retención», señalando que tanto el estado como las instituciones y organizaciones no gubernamentales (ONG) deben ofrecer las posibilidades y el espacio necesarios para que las minorías puedan «retener» su patrimonio lingüístico, cultural y religioso, siempre y cuando así lo deseen. Este proceder es seguramente aquel con el cual más nos podemos identiýicar, y es el que también numerosos países observan en su política escolar y de educación de adultos. La integración, obviamente, presupone que las minorías en forma voluntaria y reflexiva hagan uso de estas ofertas de retención, a fin de que un vivir paralelo se transforme en un convivir.

Si con el término «minoría» en un primer lugar nos referimos a una cuestión meramente demográfica, que alude a conceptos tales como sociedad mayoritaria y grupos minoritarios en contextos sociales y políticos, el complemento «étnico» hace referencia a lo ajeno, lo distinto, a la diferencia de la minoría en cuestión. Reconozco que sólo hemos tratado muy superficialmente estos conceptos, pero no es mi tarea emitir juicios definitivos al respecto. En el próximo capítulo veremos los intentos y las modalidades de integración realizados por otras sociedades.

Modalidades de integración en distintos países

En primer lugar, debemos advertir que ni las realidades de las minorías en otros países ni los distintos conceptos políticos en materia de minorías permiten emitir juicios de carácter universal. Por lo general, las soluciones presentan características culturales específicas y no son susceptibles de ser transferidas. Esta es una verdad absolutamente banal. Incluso las visitas que realicé a distintos países sólo tuvieron un efecto muy reducido en mi tratamiento del tema «Minorías y Educación de Adultos».

Cuando a mediados de los años ochenta visité por segunda vez Canadá a fin de conocer más cabalmente la situación pedagógica y político-educacional en la Columbia Británica, compartía los generalizados elogios de la sociedad multicultural canadiense, país que aparentemente había logrado una convivencia armoniosa entre las distintas minorías y el inicio de un intercambio entre las diferentes culturas. Ya se había escrito mucho sobre ethnicity y multiculturalism, y esta gran cantidad de textos sugería que una sociedad, compuesta grosso modo sólo por inmigrantes, era capaz de manejar en forma más eficaz el fenómeno del multiculturalismo. En aquel entonces ya existían modelos de iniciativas transculturales (cross-cultural), como, por ejemplo, MOSAIC, un proyecto para la integración laboral de jóvenes en forma supraempresarial, pero cooperando a la vez con centros empresariales de formación profesional. Al respecto podemos observar dos elementos esenciales de la integración en Canadá: uno, que el Estado, fuera de crear el marco de condiciones, se abstiene de participar en la solución de los problemas individuales, delegando la iniciativa en las instituciones y entidades privadas de las etnias (iglesias, asociaciones, empresas); yo tuve la impresión de que se trataba de un concepto de proceder estatal que consistía fundamentalmente en delegar funciones en los distintos grupos de la sociedad, es decir, que creaba espacio para soluciones de tipo estado social. El otro elemento es la integración como consecuencia de la convivencia abierta de las distintas etnias y el intercambio entre ellas: en vez de los procesos de formación de guetos o de ostracismo de las minorías, observamos la apertura de éstas frente a otros grupos minoritarios que habitan en la misma región. En forma especialmente marcada han practicado esta modalidad de cooperación entre las culturas étnicas los grupos italo-canadienses, seguidos muy de cerca por los grupos de origen polaco.

Debo, sin embargo, señalar una experiencia más que realicé con ocasión de esta visita. Se trata de la corrección de mi opinión inicial, quizás demasiado optimista, a raíz de ciertas realidades que llegué a conocer en dicha oportunidad. Por una parte, los así llamados whaps (blancos [whites], anglosajones y protestantes) siguen constituyendo un bloque cerrado, más en favor de la asimilación que de la integración; ello seguramente se debe, entre otras razones, a que este grupo cultivaba ideas de superioridad y de monopolio del poder. Por otra parte, pude observar también la exclusión en la práctica de las «minorías visibles», sobre todo de los negros, a quienes se les negaba el acceso a los niveles directivos del sector económico y científico. Me llamaron igualmente la atención las manifiestas dificultades frente a las últimas olas de inmigración, cuyas etnias son consideradas cada vez como «ajenas».

A la vez, no deja de asombrar el sentimiento de culpa de todos los inmigrantes respecto de la minoría compuesta por la población nativa, los indígenas, que fueron expulsados mediante todo tipo de triquiñuelas legales y económicas del green-belt (cinturón verde). Con un etnoculto del todo exagerado y poco natural, la generación actual parece querer expiar los pecados de sus antecesores. En ninguna otra parte del mundo el viajero se topa con tantos museos etnológicos, dedicado cada uno a una etnia en especial, la que es presentada en absolutamente todas sus facetas. Pero no se puede decir que los descendientes de estos nativos hayan sido integrados; han sido, más bien, estigmatizados positivamente. La política canadiense en cuanto a imponer, a nivel nacional, el bilingüismo, también logró frustrar en algo mis expectativas. El bilingüismo nace del antagonismo —en parte abierto y en parte silenciado— entre los franco-canadienses, una minoría en la sociedad mayoritaria de Canadá, y los whaps de las provincias occidentales. Obviamente, las escuelas y la educación de adultos favorecen el bilingüismo como concepto político-educacional; sin embargo, en regiones donde impera un solo idioma, este problema no pasa de ser marginal. Finalmente, Canadá, un clásico país de inmigración, tiene una legislación bastante restrictiva en lo que a la inmigración se refiere: a través de un sistema de cuotas regula el ingreso de acuerdo con las necesidades del mercado laboral, seleccionando cuidadosamente a los solicitantes según sus cualificaciones. Otras naciones industrializadas proceden en forma similar.

Sin embargo, en relación con la actitud frente al multiculturalismo, en Canadá predominan los ejemplos e incentivos positivos; además, nos permite comprender lo que Bassam Tibi quiere decir con la diferenciación entre allegados e inmigrante: éste último viene con el ánimo de incorporarse al nuevo estado y la nueva sociedad y con la voluntad de reconocer el nuevo sistema de relaciones; además, esta decisión es vista como absolutamente definitiva.

Los Estados Unidos, que hoy en día y al igual que Canadá es un país de inmigración con una regulación restrictiva, durante mucho tiempo estuvo abierto al inmigrante en forma libre de restricciones. Prometía la igualdad y óptimas oportunidades para todosýaquellos que estuviesen dispuestos a hacer suyas la forma de vida y la sociedad norteamericanas. El concepto de asimilación encontró aquí su máxima expresión. Pero el hecho de que no todos los inmigrantes se han acomodado a este programa queda de manifiesto, por ejemplo, en el espectro cultural de Manhattan, con sus etnias circunscritas a determinados barrios y donde las calles, en ciertos distritos, más que vías son fronteras. Aquí habitan grupos alemanes, italianos, judíos y polacos, lejos de sus patrias y, sin embargo, cerca, gracias a sus lenguas, a sus canciones, costumbres y hábitos alimenticios. Aparentemente, estas actitudes de conservación son deseadas y practicadas con distintos grados de intensidad. También en los extremos del país nos encontramos con etnias que no aceptaron la idea de asimiliación en forma tan irreflexiva e incondicial como lo esperaba y exigía la política de inmigración durante largo tiempo. Claros ejemplos de obstinada mantención de la idiosincrasia son los latinos: los inmigrantes de México en California y de Cuba en Florida, los cuales transmutaron la asimilación en una integración con una marcada retención. Los inmigrantes de habla española, llamados por lo general simplemente latinos, continúan hablando su lengua ý cultivando su cultura, tienen sus propios medios de comunicación y escuelas y han establecido, al lado de la cultura americana, su cultura importada. En un primer momento, a la administración no le fue difícil aceptarlo, en especial debido a su política frente a Cuba. Pero cuando la educación y cultura hispanas comenzaron a desprenderse de su entorno norteamericano, de habla inglesa, transformando en ciertas regiones la cultura minoritaria en la cultura mayoritaria, las administraciones americanas locales se apresuraron en hacer revivir la doctrina de la asimilación que por un tiempo había quedado relegada al olvido. Con la Bilingual Education Act (Ley de Educación Bilingüe), dictada hace unos 30 años, se pretendió facilitar a los inmigrantes la tarea de acostumbrarse a su nuevo entorno. Esta disposición les permitía a las escuelas enseñar en otras lenguas además del inglés. Recientemente, sin embargo, el plebiscito número 227 puso término a esta práctica en el estado de California. Este plebiscito es el resultado de la opinión, cada vez más generalizada, de que la instrucción de los alumnos en su lengua materna empeora sus posibilidades de aprendizaje y de progreso personal y, en consecuencia, obstaculiza su integración en la nueva patria. Las cifras que fundamentaron este plebiscito ilustran la situación social y demográfica en California: «Más de una cuarta parte de los 33 millones de habitantes son de origen hispánico; alrededor del 10% proviene de la región de Asia-Pacífico Sur. Casi una cuarta parte ha nacido fuera de los Estados Unidos y prácticamente una tercera parte habla en sus hogares un idioma distinto al inglés». Esta nueva regulación y el hecho de que en el Senado la iniciativa «English only» (Sólo Inglés) cuente con cada vez más simpatizantes, demuestran claramente el renacer de la doctrina de la asimilación. El desarrollo que podemos observar en los Estados Unidos, que comienza con elementos de la asimilación para pasar por aquéllos de la iptegración y terminar con un resurgimiento de la asimilación, se encuadra absolutamente dentro del modelo (véase Quality Education of Minorities, QUEM Network, Washington DC).

Trasladémonos ahora a Israel, un ejemplo especial de una política de inmigración multicultural. El concepto de «Tahila», que quiere decir tanto como «gloria» y que ha sido bastante exitoso, se caracteriza por una combinación de alfabetización y de introducción en la cultura cotidiana de Israel, en las fiestas y ritos judíos, en las costumbres de vida doméstica y laboral, y apunta en especial a los inmigrantes de los Estados magrebíes, del Norte de África, los cuales sin esta ayuda no podrían haber superado su situación de postergación social. Se desarrolló una modalidad de integración (a cargo de Tokatli y Zivion, dos expertos en política educacional) que se orienta hacia las necesidades concretas, hacia las finalidades de la política y del Estado y hacia las perspectivas de los afectados. El resultado de este modelo, que se aplicó desde los inicios mismos del Estado de Israel, es muy positivo y constituye prácticamente el fundamento de una nueva configuración social. Pero una transferencia a otros países fracasaría, incluso si se aceptasen sus contenidos en todos sus alcances, pues el elemento motivador de esta forma de integración está estrechamente vinculado a la religión y la tradición judía, que han dado espacio e impulso al principio del aprendizaje permanente. Se debe señalar también que todos los habitantes de Israel son inmigrantes que debieron aprender una nueva lengua y acostumbrarse a todo lo con ella relacionado. A esta experiencia se suma el elemento unificador de la religión con sus predicados tales como «pueblo elegido», aceptados también por familias seculares de contenidos convencionales. Últimamente, sin embargo, se observan tendencias que alteran la solidaridad, en apariencia tan coherente. A diferencia de los inmigrantes de otðos tiempos y países, los actuales inmigrantes rusos tienen grandes dificultades para aceptar la integración y, por añadidura, permitir una asimilación. La imagen de la integración global se ha visto perjudicada por este fenómeno reciente.

En cuanto a las medidas y los proyectos de integración europeos, abordaré aquí sólo una tendencia, que se manifiesta en conflictos internos lingüísticos y políticos, ya sean éstos nacionales o transfronterizos. Me refiero a las minorías que reclaman la autonomía de su lengua y cultura. El Consejo Europeo parece apoyar dichas tendencias, favoreciendo más el concepto de la unificación regional que el de estado-nación, según fue concebido en el siglo XIX. No pretendemos ahondar en la alternativa entre «confederación o estado federal», y nos limitaremos a señalar que la multiplicidad regional y las iniciativas regionales frecuentemente fracasan ante los límites de los estados-naciones y su dinámica propia. Con especial claridad se puede apreciar este conflicto cultural en el norte de España. La etnia «catalana» se extiende desde Alicante hasta Montpellier en Francia, más o menos. Su lengua sólo está lejanamente emparentada con el castellano y su cultura, su literatura y arte tienen rasgos muy propios. Cuenta con una relativa autonomía y su centro cultural yýpolítico es Barcelona. Esta etnia es transfronteriza y se orienta por el concepto de regionalidad; tiene el carácter de una minoría autóctona con aspiraciones políticas. Es más bien improbable que de esta minoría surja un ente político independiente. Lo mismo se puede decir de los vascos; y los conflictos internos de Bélgica tampoco permiten esperar que el sector oficial de este país logre aplicar exitosamente un concepto de integración de sus minorías autóctonas. Con los ejemplos anteriores deseamos demostrar que existen muchas, importantes y muy distintas iniciativas para iniciar o lograr la integración, pero que estos proyectos y modelos enfrentan considerables obstáculos o bien que sólo podrían ser realizados en un lugar muy preciso, y que una transferencia es imposible.

Las minorías como problema de los «países en vías de desarrollo»

Precisamente en una publicación como «Educación de Adultos y Desarrollo» es menester abordar el tema también en relación con los países en vías de desarrollo. En atención a la gran disparidad de los escenarios a lo largo del mundo, nos limitaremos a hacer algunas observaciones de tipo general.

Sería fácil demostrar que la dimensión cuantitativa de las minorías y de sus particularidades culturales, religiosas y convencionales en los países en desarrollo son más pronunciadas que en países comprometidos desde hace más tiempo con el principio de la integración, en los cuales se intenta lograr, en forma paralela, la equidad social y política y la retención cultural y religiosa. Es indudable que también en el caso de estos últimos países tenemos que afrontar un potencial de conflicto, pero las minorías ya han encontrado en ellas su lugar en una estructura estatal consolidada y envolvente. Especialmente los estados africanos, recientemente independizados, están, en un primer momento, embarcados en el proceso denominado en inglés «nation-building», es decir, de construcción de la nación, cuyo fundamento es el redescubrimiento cultural del patrimonio común. Al respecto se observa una dualidad: por una parte, aparentemente se toman como ejemplos de construcción estatal los desarrollos de las modalidades de coexistencia social europeas, de formas europeas de estado-nación de los dos últimos siglos y, por la otra, se intenta desarrollar la singularidad cultural de la correspondiente región. Se produce una colisión entre procesos de centralización y descentralización, con las consecuentes dificultades para la política exterior y económica. Como ejemplo de ello podemos señalar a Ceilán, hoy en día Sri Lanka, país que inicia su independencia estatal con la decisión de dar a las lenguas regionales el rango de medios de comunicación exclusivos, indicando que ello documentaría la recuperación de la libre voluntad y la liberación de la opresión colonial. Lo anterior implicó el aislamiento del acontecer político y económico mundial (véase: International Centre for Ethnic Studies, Sri Lanka). Este rígido énfasis en las lenguas regionales cedió paulatinamente y dio paso a formas más moderadas: la exclusividad fue finalmente reemplazada por una coexistencia de las lenguas regionales y la lengua oficial, la que es reconocida también internacionalmente. Esta modalidad la encontramos también en otros países africanos y asiáticos, sin que ello sea percibido como una reminiscencia demasiado evidente del sistema colonial. Como un avance ulterior —relacionado con programas de alfabetización— observamýs que últimamente se les concede un gran espacio a las lenguas regionales, a las lenguas de las minorías, seguramente también porque de esta manera se puede hacer más patente el patrimonio cultural, a la vez que es más difícil borrar las disparidades que caracterizan la composición de las poblaciones. Esta observación dista mucho de tener carácter universal, pero llama la atención que en muchos países el estado-nación y la política regional van tan de la mano como las lenguas regionales y la lengua oficial o principal. Al respecto no debemos olvidar que el problema de las minorías se presenta frecuentemente con el carácter de minorías étnicas, lo cual es obviamente punto de partida de procesos de segregación, así como de conflictos. Esta situación esýaún más evidente porque también al interior de África y Asia los problemas de las minorías se ven acentuados por migraciones (voluntarias o forzadas) más o menos masivas. En un artículo que recalca precisamente este problema, el autor afirma, en forma casi apocalíptica: «Prevalece un consenso en cuanto a que la migración y la etnicidad deben ser vistas y descritas como gérmenes de problemas y conflictos». Ello puede llevar a la enumeración suscinta: migración – etnicidad – conflicto (Klaus J. Bade). En su libro «Conflict and Harmony in Multi-Ethnic Societies» (Conflicto y armonía en sociedades multiétnicas), Walter Morris Hale habla de la segregación, de la desconfianza y de los temores que se asocian con lo desconocido, lo extraño, con las diferencias entre la minoría y la sociedad mayoritaria y concluye: «The equation is clear: ethnic fear leads to suspicion, intolerance, revenge and violence, while trust leads to tolerance, cooperation and accomodation» (La ecuación es clara: el miedo étnico lleva a la suspicacia, la intolerancia, la venganza y la violencia, en tanto que la confianza lleva a la tolerancia, la cooperación y la acomodación). Para lograr la segunda actitud, se precisan normas de convivencia democráticas y liberales, tanto del estado como de los individuos, y una forma de aceptación de lo «ajeno», que eufemísticamente es denominada «educación multicultural». Pero el énfasis en la situación en África —en la medida en que esta generalización me sea permitida— no debe llevar a minimizar los problemas y conflictos relacionados con la migración en las naciones industrializadas. En estas naciones, la política de extranjería grosso modo diferencia entre la prioridad o igualdad jurídica de las minorías autóctonas (ciudadanía) y la postergación o igualdad cuasi extorsionada de las minorías alóctonas. La diferencia en la política frente a las minorías aplicada por unas y otras naciones se debe quizás a que las industrializadas dispusieron de más tiempo para acostumbrarse a convivir con dichas minorías así como de un contexto estatal que legitimaba la intervención administrativa de corte democrático.

Todo ello obviamente no debe restar importancia a la discusión que desde la Segunda Guerra Mundial prevalece por doquier. Durante algún tiempo también aquí se subestimó la relación entre la Constitución del estado-nación y el problema de las minorías; se supuso incluso —en una sobrestimación del momento histórico— que el final del estado-nación estaba próximo. Pero ya el ejemplo de la Unión Europea demuestra la futilidad de tal suposición, pues si bien en la UE se aplica una política de las regiones, no se pone en práctica una política interna o externa del conjunto de los estados-naciones agrupados en ella. El estado-nación actual, naturalmente, no es el mismo que el del siglo XIX, fundado esencialmente en la homogeneidad y la cohesión; se diferencia principalmente por su política en materia de lenguas, que no se subordina al dictado de la uniformidad y la superioridad.

Como ya se ha señalado anteriormente, en numerosos países en desarrollo en un primer momento se seleccionó una de las lenguas regionales y se la declaró lengua principal: los ciudadanos fueron obligados a hablar en forma uniforme y libre de matices regionales: «Citizens of the newly-formed nation-states were forced to speak the same language, they were even encouraged to speak the standard dialect of that language with the correct “accent”» (los ciudadanos de los estados-naciones de reciente formación fueron alentados a hablar un mismo idioma; fueron incluso incentivados a hablar el dialecto estándar con la acentuación debida). La constatación en materia de «homogeneidad» y «diversidad» quexhace D. Yagcioglu a continuación de la cita anterior reviste —entretanto— en más de un sentido carácter histórico: «...most modern states had to resolve a paradox: the dominant nationalist ideology claimed within the national boundaries there was one integral, undivided nation, while at the same time governments were trying to do away with diversity in order to establish homogeneity (the process of nation-building). In other words, they were trying to turn a myth into a reality» (...la mayoría de los estados modernos hubieron de resolver una paradoja: la ideología nacionalista dominante afirmaba que la nación, dentro de las fronteras nacionales, era integral, indivisa, mientras que los gobiernos, en forma paralela, trataban de eliminar la diversidad a fin de establecer la homogeneidad [el proceso de construcción de la nación]. En otras palabras, trataban de transformar un mito en una realidad). Más adelante, añade: «Yet, ethnocultural identities, differences and minorities proved more resistant» (Sin embargo, las identidades etnoculturales, las diferencias y las minorías demostraron ser más resistentes).

La discrepancia entre la aspiración de homogeneidad político-estatal y las situaciones reales de las minorías prevalece, motivo por el cual sigue siendo legítimo preguntarse dónde, entre adaptación y singularidad, pueden establecerse las minorías en el contexto del proceder estatal moderno y la autopercepción política. Fuera de discusión está el hecho de que al respecto no existen pautas universales. Al igual que los individuos, también las minorías sólo pueden ser definidas y tratadas, con sus respectivas peculiaridades, según el correspondiente contexto geográfico, social y cultural. En Europa se han aplicado diferentes y muy variados modelos. La Carta del Consejo Europeo sobre Lenguas Minoritarias, que indudablemente mejora la posición de estas lenguas y hace de ellas una materia de enseñanza y objeto de investigación, representa indudablemente un aliciente político. Pero es más que un pequeño defecto el que no se mencionen las lenguas de las minorías que son el resultado de migraciones.

Bibliografía

Bade, Klaus J., Migration – Ethnizität – Konflikt (Migración – Etnicidad – Conflicto), Editorial Universitaria Rasch Osnabrück, Osnabrück 1997.

Morris-Hale, Walter, Conflict and Harmony in Multi-Ethnic Society, an International Perspective (Conflicto y armonía en la sociedad multicultural: una perspectiva internacional), Editorial Peter Lang, Nueva York 1996 (con ref.).

Yagcioglu, Dimostenis, Nation-States vis-a-vis Ethnocultural Minorities (Estados-naciones frente a minorías etnoculturales), www.geocities.com/Athens/8945/minor.html, (con ref.).