Romano Prodi

Los trágicos sucesos del 11 se septiembre han demostrado cuán importante es impulsar e incluso forzar el diálogo intercultural. El Directorio General de Educación y Cultura, de la Comisión Europea, y el Proyecto Jean Monnet celebraron entre el 20–21 de marzo 2002 en Bruselas una conferencia sobre el diálogo intercultural. Contaron con la participación de altos representantes de los ámbitos de la política, las ciencias y las religiones. Miembros de las congregaciones judía, islámica y cristiana, entre ellos el rabino de Bruselas, expresaron su satisfacción por el hecho de que la disposición al diálogo entre las religiones haya aumentado considerablemente en los últimos años. A continuación publicamos el discurso de apertura, titulado «La importancia del diálogo», que fue pronunciado por Romano Prodi, Presidente de la Comisión Europea. Prodi destaca la importancia del diálogo entre la Unión Europea y los países vecinos, especialmente aquellos de la cuenca del Mediterráneo, toda vez que dicha región es la cuna de las tres grandes religiones. Copyright: European Commission 2002.

La importancia del diálogo


Os hemos invitado hoy aquí para profundizar en el diálogo entre las distintas expresiones de la sociedad civil que se asoman al Mediterráneo.

El tema de nuestro encuentro —el diálogo entre las culturas y entre los pueblos— es una idea que despierta mi más vivo interés, sobre todo en lo que se refiere a las relaciones euromediterráneas.

En realidad, no se trata sólo de una idea, sino de reflexiones que deben dar lugar a acciones concretas. Los pueblos que se asoman al Mediterráneo tienen a sus espaldas una larga historia común, y frente a ellos se extiende la posibilidad de estrechar relaciones de vecindad armoniosas y basadas en la tolerancia, el mutuo respeto y la equidad.

La nuestra debe ser por tanto una acción común que nos debe acompañar cada día y que debe abarcar no sólo el ámbito económico y político, sino toda la esfera de nuestras relaciones.

¿Qué significa ‹acción común›?

Henri Teissier, arzobispo de Argel, nos da la respuesta: refiriéndose a los trabajos del Concilio sobre la posición de las otras religiones, y en particular del Islam, dijo: «estos estudios, aunque importantes, no podrán dar todos sus frutos sin un compromiso común de los cristianos y de los musulmanes para construir la verdad, la justicia y la paz».

Comparto plenamente estos postulados, en la medida en que presuponen una idea original de diálogo y de cultura. Muchos estudiosos tratan de comprender lo que llamamos cultura. No obstante, es muy difícil caracterizar la cultura, porque estamos inmersos en ella y es el presupuesto mismo de nuestro pensamiento y de nuestro lenguaje. Las palabras del arzobispo Teissier, sin embargo, nos dicen que la cultura es una búsqueda colectiva hacia un conocimiento común y hacia unos valores comunes.

Estoy seguro de que esta búsqueda guiará vuestros trabajos. Espero que vuestras conclusiones, con vistas a la cita ministerial de Valencia, en abril, y al encuentro cultural de Beirut, en septiembre, ofrecerán un respaldo sustancial a las acciones que debemos emprender. Dichas conclusiones deberían imponerse a los responsables políticos de todo el Mediterráneo por su credibilidad y realismo.

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La Unión Europea —y en particular la Comisión— ha venido reconociendo la importancia del diálogo entre las culturas desde mucho antes del 11 de septiembre de 2001.

La constante atención prestada a la dimensión cultural de las relaciones euromediterráneas forma parte del patrimonio genético de la asociación nacida en Barcelona en 1995. Todos somos conscientes de las deficiencias y lagunas de este proyecto. Por esta razón, nuestro objetivo, ahora que la Unión se está ampliando, es crear una relación especial entre Europa y el Mediterráneo, en el ámbito de nuestra política de vecindad, utilizando todos los instrumentos a nuestro alcance.

En este sentido, hemos concebido una serie de programas dirigidos a la sociedad civil cuya intención es promover la educación de los jóvenes y el conocimiento de nuestras múltiples tradiciones comunes. Quiero daros algunos ejemplos indicativos:

1. Hemos lanzado el programa Euro-med para jóvenes, que busca favorecer la integración de los jóvenes de los 27 socios euromediterráneos.
Ya hemos extendido a los socios mediterráneos nuestro programa TEMPUS de intercambios universitarios y estudiaremos la posibilidad de hacer lo mismo con los programas de formación permanente y profesional.

2. En 2003, ya estaremos en condiciones de ampliar al Mediterráneo la acción Netdays para la creación de una red que conecte a los distintos centros de enseñanza.
Por otra parte, estamos examinando la posibilidad de instituir a nivel euromediterráneo un programa de becas del tipo «Fullbright». Esta iniciativa formará parte de un nuevo programa global de cooperación con los terceros países en el ámbito de la enseñanza superior.

3. Otros programas euromediterráneos se refieren a la comunicación audiovisual y al patrimonio histórico.
Su objetivo es contribuir al desarrollo de un espíritu de tolerancia recíproca gracias a un mejor conocimiento del valioso patrimonio de la región.

Ahora tenemos que seguir adelante.

Las metas alcanzadas sirven para abrir camino a las futuras metas. Debemos multiplicar los puntos de encuentro de nuestras sociedades civiles; es preciso dar visibilidad y concreción a nuestro diálogo.

Algunos proyectos ya están en marcha, como por ejemplo nuestra propuesta de crear una Fundación Euromediterránea para el diálogo entre las culturas, que deberá colaborar con instituciones públicas y privadas de carácter afín y dotar de una mayor coherencia y continuidad a iniciativas como la de hoy.

También estoy considerando la posibilidad de crear, sobre la base de la red Jean Monnet, un comité de sabios que profundice en el análisis y prosiga la reflexión sobre el tema que nos ocupará hoy y mañana.

Por último, el Consejo Europeo de Barcelona ha aprobado la constitución de un Fondo para una presencia más activa de Europa en las inversiones privadas y públicas del Mediterráneo del Sur. La Comisión y la Presidencia española habían preconizado un resultado más ambicioso; hoy por hoy, esto no ha sido posible, pero el objetivo sigue figurando en nuestra futura estrategia. Otras iniciativas seguirán a ésta.

No obstante, el diálogo no debe verse exclusivamente como una acción externa, allende las fronteras de la Unión: dicho diálogo debe comenzar aquí, en Europa, en los barrios de nuestras ciudades en que con demasiada frecuencia se cede a la intolerancia y al mutuo rechazo.

Debemos redescubrir y valorizar la herencia cultural común, en una perspectiva de respeto y compresión recíprocos.

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Estas iniciativas sólo tendrán éxito en la medida en que sepamos razonar con claridad sobre los fundamentos de nuestras culturas.

Me propongo asimismo hablar de las religiones nacidas en el Mediterráneo, las tres grandes religiones monoteístas que estructuran nuestros puntos de referencia, además de nuestra visión del mundo y de la Humanidad.

Ya he tenido ocasión de recordar este hecho fundamental. Las religiones han sido históricamente fuente de conflictos, y a veces de guerras sangrientas. No obstante, también han sido siempre fuente de esperanza, de creatividad y de sentido profundo. Las religiones pueden —es más, deben— aportar una contribución esencial a la definición de nuestros objetivos comunes:

  • la perspectiva de un futuro libre de miedos

 

  • el progreso pacífico en beneficio de todos

 

  • la defensa de los valores humanos contra la violencia, el odio y las discriminaciones

En particular, las religiones deben hermanar hoy a todos los pueblos que se asoman al Mediterráneo, los deben orientar hacia una colaboración cada vez más estrecha en la lucha contra la injusticia y la pobreza.
Es importante recordar que estas tres religiones —y no sólo ellas— tienen una base común: la misericordia, es decir, el amor al prójimo y los preceptos que de él emanan. Éstos son los principios en que se han inspirado las sociedades modernas a la hora de buscar los principios de una solidaridad colectiva y estructurada.

La solidaridad sólo puede consolidarse dentro de una sociedad si va unida a una solidaridad de mayor alcance. Durante el pasado mes de enero, el Gran Rabino Sirat exhortó a «los Jefes de Estado y de Gobierno a crear y consolidar, a nivel nacional e internacional, un mundo de solidaridad y de paz basado en la justicia».

La solidaridad, por lo tanto, se basa en la justicia. Ghomi, el líder religioso iraní, formuló en Asís esta invitación: «escuchemos la llamada de quienes no se resignan a la violencia y al mal, mostremos nuestro deseo de realizar todos los esfuerzos posibles por ofrecer a los hombres y a las mujeres de nuestro tiempo una esperanza real de justicia y de paz».

Y a propósito de la paz, el Papa, poco después del 11 de septiembre, recordó: «no existe paz sin justicia, no existe justicia sin perdón».

Por otra parte, también la organización de las Naciones Unidas decidió en 1999 hacer del 2001 el «Año de las Naciones Unidas para el diálogo entre civilizaciones».

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Pero sería un error tratar de explicar las características de las distintas civilizaciones y las relaciones entre ellas en términos exclusivamente religiosos.

Las líneas de división también están hechas de injusticia política y disparidades económicas, de extrema pobreza y de falta de perspectivas vitales, de esas manifestaciones de la globalización incontrolada que se perciben como imposición cultural y política.

Quienes siguen de cerca los acontecimientos de Oriente Medio pueden testimoniar que en Israel y en Palestina los movimientos integristas de ambas partes han asumido formas extremas coincidiendo con el fracaso del proceso de paz y el creciente estado de indigencia en que se encuentra la población palestina.

Frente a ésta y otras situaciones de conflicto, Europa debe poner en juego con todos sus recursos políticos, económicos e imaginativos para crear un espacio de diálogo.

Y no se trata sólo de conseguir un alto el fuego o de aportar ayuda humanitaria. El verdadero objetivo es proponerse como mediadores activos y ofrecer una lectura original de los hechos, que las partes enfrentadas interpretan de manera antagónica y conflictiva.

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¿Por qué la Unión Europea se siente tan ligada al principio del diálogo, preferiblemente en un contexto multilateral? ¿Por qué, sobre todo, damos tanta importancia al diálogo entre culturas? Estas preguntas encuentran respuesta en la naturaleza misma del proceso de integración europea desde sus comienzos.

En la segunda posguerra, el diálogo sirvió para reconciliar y restituir la confianza al Continente europeo y a sus poblaciones, todavía aterrorizadas por las guerras y encerradas en sus respectivas experiencias nacionales. Luego, el diálogo sirvió para conciliar la capacidad de actuar juntos con el respeto de la identidad de cada Estado miembro y las exigencias de democracia de los ciudadanos.

El esfuerzo que todos los Estados miembros han desplegado para comprender a los otros ha desempeñado un papel decisivo en el camino que hemos recorrido juntos. Ningún Estado ha promovido nunca acciones unilaterales. El diálogo Euromediterráneo, hoy como ayer, debe basarse en esta experiencia y en el método de integración europea.

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En el marco del diálogo entre los pueblos, la Unión afirma la igualdad de principio entre las culturas y el derecho de cada una al pleno respeto de sus características. No obstante, el respeto del prójimo no significa aceptación automática de cualquier práctica cultural, especialmente cuando ésta ya está alejada de las razones por las que se creó.

El principio de igualdad entre culturas sólo tiene sentido si implica el derecho de todo ser humano a la integridad física, al respeto de los derechos elementales y a la libertad de conciencia. Éstos no son elementos que nos hagan personas más felices; éstos son los elementos que nos hacen personas.

El concepto de diálogo entre culturas pierde su sentido sin esta correspondencia entre el respeto de las culturas y el respeto de los derechos fundamentales del individuo dentro de cada una de ellas.

No podemos reivindicar la igualdad entre culturas si los individuos que las integran no tienen acceso a todos los derechos y a todos los deberes de la Declaración Universal de los Derechos Humanos. En otras palabras, respetamos las culturas en la medida en que las culturas respetan a los individuos.

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¿En qué condiciones resulta útil el diálogo entre culturas?
El diálogo entre culturas no debe favorecer el sometimiento de todo el mundo a los valores occidentales o a un concepto absoluto de individualismo económico. La Unión Europea es la prueba de que existe una alternativa. Nuestro proceso de integración es el único experimento feliz de gestión democrática de integración de diferentes culturas.

Nuestra integración supera, por lo tanto, la globalización incontrolada, en la que los valores y la voluntad de un único sujeto se imponen a todos los demás. Desde el punto de vista cultural, ello implica escuchar a los demás, practicar el diálogo y esforzarse por comprender las razones del otro.

Como todos los grandes valores, el diálogo abierto y el respeto hacia los demás como interlocutores del mismo nivel es un objetivo que se construye día a día en una tarea sin fin. Pero no debemos por ello dejar de obrar en el sentido correcto. Nuestra incansable carrera hacia este ideal al que aspiramos debe colmar de sentido cada momento de nuestra vida.

Las civilizaciones humanas ofrecen obviamente una gama infinita de características originales y peculiares. Para nosotros, la civilización abarca la esfera cultural y científica, filosófica y espiritual, la esfera económica, política y social, así como la esfera educativa, medioambiental, etc.

La Unión se esfuerza constantemente por plasmar esta concepción de civilización en todas sus decisiones y actuaciones.

No obstante, el diálogo entre culturas no es y no debe ser únicamente un instrumento de diálogo político en el sentido estricto del término —como un mero brazo de hierro que defendiera nuestros intereses a corto plazo—, ni un sucedáneo del mismo. Esto sería contraproducente tanto para el diálogo político como para el diálogo intercultural. Es cierto, en cambio, que en la medida en que se inscribe profundamente en las sociedades civiles, el diálogo entre culturas puede abonar el terreno para un diálogo político sereno y fecundo.

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Hace casi nueve siglos, en el 1138, llega a la Corte cosmopolita del rey Ruggero II de Palermo el geógrafo y polígrafo árabe Al-Idrisi. Al-Idrisi estudia en Córdoba, viaja por buena parte del mundo conocido y realiza para el rey normando la más completa enciclopedia geográfica de la época, recogida posteriormente en la obra conocida como «Liber Rogerii».

Al-Idrisi integra en su obra el saber griego, su cultura de origen y las observaciones hechas directamente sobre el terreno. Su peripecia ilustra perfectamente la disponibilidad, la generosidad y la curiosidad intelectual que deben animarnos hoy.

Os invito a redescubrir en esta conferencia la apertura que caracterizó a las culturas del Mediterráneo en la Edad Media, cuando, desafiando a la Historia, muchos intelectuales cristianos, musulmanes y hebreos alumbraron grandes proyectos de investigación comunes.

Espero que estas jornadas de debate —gracias al esfuerzo de todos vosotros— tracen el mapa de los territorios de diálogo en que podremos sembrar nuevas ideas y en que crecerá nuestra política de futuro.

Os invito —aquí en Bruselas, en Valencia y en Beirut— a ser los nuevos Al-Idrisi del diálogo cultural euromediterráneo para empezar a reconfigurar la geografía humana.