Peter Radtke sobre la educación de adultos y temas afines

El año que acaba de concluir, 2003, fue el año europeo de las personas discapacitadas. La ONU, que cuenta con una página web especialmente dedicada a estas personas, ha creado un grupo de trabajo con el objeto de elaborar una convención internacional sobre los derechos de las personas con discapacidades. ¿Qué tareas puede asumir en este contexto la educación de adultos? ¿Cómo se puede integrar a las personas con discapacidades? Peter Radtke trabajó durante muchos años en este campo. El Dr. Peter Radtke, nacido en 1943, de profesión actor y escritor, se desempeña actualmente como encargado del «Grupo de Trabajo para Discapacidades y Medios de Comunicación». Además es miembro del Consejo Nacional de Ética. Radtke, que padece de osteogenesis imperfecta, comúnmente llamada enfermedad de los huesos de cristal, fue entre 1977 y 1984 jefe del programa especial para personas discapacitadas de la Universidad Popular de Munich. Con él conversó el Dr. Peter Brandt (Instituto Alemán para el Desarrollo). Este artículo  publicamos con la gentil aprobación de la revista sobre educación de adultos del Instituto Alemán para Política de Desarrollo (Deutsches Institut für Entwicklungspolitik – DIE).

Nuestra vida es siempre una especie de compromiso

DIE: Durante siete años usted estuvo a cargo de la oferta educativa de la Universidad Popular de Munich para personas discapacitadas. ¿Que le reportaron dichos años?

Radtke: Las personas con discapacidades y aquellas sin discapacidades se diferencian muy poco en lo que a sus intereses se refiere. Sólo que las primeras necesitan cierta ayuda y asistencia. Lo que introduje en el programa fueron viajes con guías idóneos y con una dimensión histórico-cultural. Los llamábamos «viajes culturales» y si bien no tenían un carácter exclusivamente asistencial, eran más que meros viajes turísticos.

DIE: ¿Cómo logró mantener bajo el perfil «asistencial»?

Radtke: Bueno, había algo para cada participante. Pienso que lo más importante era que también se esperaban ciertos «sacrificios» de parte de los participantes discapacitados. Por ejemplo, debían esperar si aquellos sin discapacidades hacían una excursión más prolongada. Queríamos que el viaje fuese atractivo para ambos grupos y que se basase en intereses comunes. Nuestra vida es siempre una especie de compromiso. Sólo contábamos con dos asistentes profesionales. En consecuencia, los participantes sin discapacidades frecuentemente tenían que ayudar, toda vez que el número de los discapacitados era considerable. Todos pagaban el mismo precio. Ello funcionó bien porque el aspecto cultural de los viajes era lo suficientemente interesante y atractivo. Los participantes sin discapacidades en ningún momento tuvieron la sensación de ser utilizados. Para mí, estos viajes fueron un aspecto más de la vida normal.

DIE: Las personas discapacitadas, ¿son una especie de grupo meta?

Radtke: De acuerdo con mi experiencia deben existir ofertas especiales para este grupo de personas. En cursos tales como «Aprender inglés en forma lenta y fácil» o «Aprender alemán en forma lenta y fácil» siempre les indicábamos a los profesores que debían tener consideración con los participantes discapacitados; pero en el curso también podían participar personas sin discapacidades, las cuales de hecho nunca faltaron pues por una razón u otra preferían estos cursos a los normales. Es mucho más beneficioso realizar este tipo de iniciativas sobre la base de intereses comunes que apelando a un sentido de compasión.

DIE: ¿Qué consejo les daría usted a las personas encargadas de diseñar ofertas en los establecimientos de educación de adultos? ¿Les recomendaría enfatizar el carácter integrativo y prescindir de ofertas especiales para personas discapacitadas, esperando que éstas por falta de alternativa participen en otras? ¿O es más adecuado crear una oferta específica para las personas discapacitadas como grupo meta? Y este grupo meta, ¿no se compone a su vez de distintos grupos meta? De esta manera se volvería a fomentar la segregación.

Radkte: Creo que este asunto en ningún caso debe asumir rasgos ideológicos, pues el camino hacia la integración sólo se puede hacer paso a paso. Personas ajenas al proceso educativo al comienzo necesitan un espacio protegido, en el cual puedan hacer sus primeras experiencias. Pero al cabo de dos o tres semestres debería ser posible romper este espacio y transformarlo en uno integrativo. Algunos discapacitados no están en condiciones de intentar la integración sin una preparación previa. Pero nunca se debe perder de vista la meta en cuanto a integrar, tarde o temprano, a las personas discapacitadas en cursos normales.

DIE: ¿Qué diferencia los establecimientos de educación de adultos de aquellos de educación escolar especial para menores discapacitados?

Radtke: La educación de adultos debe recuperar estudios que los establecimientos de educación escolar especial suelen omitir: muchas personas con discapacidades, especialmente con anomalías intelectuales, alcanzan una madurez y en consecuencia la capacidad de aprender a una edad en la cual —por lo general— ya se ha dejado atrás la formación escolar. Entonces, la educación de adultos debe entregar conocimientos que otros ya tienen. Lo que les reprocho a los establecimientos de formación escolar de niños/as discapacitados es que frecuentemente no abordan el problema de la cesantía de las personas discapacitadas. En el momento en que existe certeza de que una persona difícilmente podrá ser incorporada al proceso laboral normal, se debería comenzar inmediatamente a enseñarle a emplear fructíferamente su tiempo libre. Pero por lo general es instruida en asignaturas que después no le son de utilidad. Y es aquí entonces donde puede entrar en acción la educación de adultos: enseñarles actividades como la lectura de periódicos y revistas, enseñarles a aprovechar las ofertas culturales, a visitar museos y exposiciones, es decir, a aprovechar de forma positiva la gran cantidad de tiempo libre que tienen.

DIE: El discurso en la educación de adultos exige crecientemente un aprendizaje autodirigido. Esto implica un rechazo de conocimientos y contenidos generalizados, a la vez que apunta a un educando que busca en forma autónoma los contenidos de su instrucción. ¿Que opina sobre este desarrollo?

Radtke: Ya no participo en forma activa en este debate, pero veo una relación muy interesante: mientras mayor es la autonomía del educando, mayor es la posibilidad de que éste se transforme en una personalidad emancipada. Precisamente las personas discapacitadas son excesivamente manipuladas por su entorno, especialmente en lo que a los valores se refiere. Se les imponen los valores de las personas no discapacitadas, los que para ellos nunca podrán ser metas operacionables. En consecuencia, una autoimagen que prácticamente se fundamente en la discapacitación es en sí ya una emancipación considerable.

DIE: Desde este punto de vista, el aprendizaje autodirigido sería en cierta medida apropiado para las personas discapacitadas. Pero no se puede pasar por alto que frecuentemente está al servicio de los imperativos neoliberales. La exigencia del aprendizaje autodirigido va de la mano de la exigencia de una mayor autorresponsabilidad: «Ustedes son responsables de sí mismos – aprendan lo que es más propicio para aumentar su capacidad de competencia en el mercado laboral».

Radtke: Es un enfoque demasiado emancipatorio para muchas personas discapacitadas, especialmente porque cuando abandonan los establecimientos de educación escolar especial muchos no han aprendido a tomar decisiones sobre contenidos de aprendizaje. Si pretendemos alcanzar a los grupos sociales menos cultos, es preciso tener consideración con las personas que tienen dificultades para aprender y con las personas discapacitadas intelectualmente.

DIE: ¿Se necesitan «asesores de aprendizaje»?

Radtke: Si se habla de asesoramiento para el aprendizaje se debe asegurar que estos asesores conozcan el proceso del que se trata. El autoaprendizaje sólo puede ser el resultado de un desarrollo de este tipo. Aceptar la propia discapacitación y la modalidad de aprendizaje que esta discapacitación exige, es ya en sí un proceso. A veces me pregunto si la educación de adultos realmente apoya este proceso. Muchas ofertas aún sugieren que si los discapacitados estudian con ahínco, podrán integrarse sin problemas en el mundo de las personas sin discapacidades. La educación de adultos debería esforzarse por integrar la discapacidad en la personalidad del discapacitado. Hoy en día apenas veo que las universidades populares ofrezcan cursos tales como los que ofreció en la década de 1970 Ernst Klee en Frankfurt. Aquellos cursos sí tenían un marcado componente emancipatorio. No pretendían que los discapacitados asumieran papeles ajenos, sino que conocieran y aceptaran sus discapacidades y de esta manera liberaran energías que también condujesen a acciones políticas. Estos cursos fueron el punto de partida del así llamado «movimiento de los tullidos» que hoy en día prácticamente ha desaparecido. Y con razón, porque hoy en día la realidad social es otra.

DIE: ¿Cuál es la realidad social actual?

Radtke: … bajo el manto de una postura supuestamente liberal, una acentuada orientación hacia el rendimiento. La brecha que separaba en aquellos tiempos a las personas con discapacidades de aquellas sin discapacidades hoy en día separa otros grupos de personas, a saber, a los discapacitados que pueden ser integrados de aquellos que no pueden ser integrados. Gracias a los avances de la técnica, por ejemplo a las computadoras, muchos discapacitados hoy en día pueden ser integrados. La brecha entre éstos y aquellos que intelectual o motóricamente no están en situación de manejar estos adelantos, se ha acentuado. El problema radica también en que la opinión pública presta oído a aquellos que se pueden articular. Si entendemos la educación de adultos de una manera global, entonces tenemos que dar prioridad a quienes no se pueden articular.

DIE: Mientras mayor es la orientación por la demanda, mayor es también este problema.

Radtke: Mientras más se busque la aproximación específica a un determinado grupo, más pequeña es la clientela. Este problema tiene obviamente también una dimensión económica.

DIE: En lo que a la realidad social se refiere, yo identifico dos desarrollos opuestos: por una parte se ha modificado la legislación en materia de rehabilitación e integración en el sentido de una mayor participación. Las Naciones Unidas están enfrascadas en un debate sobre una convención para las personas discapacitadas. Por otra parte tenemos el debate sobre la bioética.

Radtke: El consenso social, grosso modo, reza: a quienes actualmente viven se les debe aliviar la vida lo más posible. Pero a la vez debemos impedir que nazcan más niños discapacitados. Muchos de los afectados no ven el peligro que implica esta actitud: se concentran en mejorar la vida de los contemporáneos y no ven que se está atentanto contra el derecho de vida.

DIE: ¿Es tarea de la educación de adultos poner aquí el dedo en la llaga?

Radtke: Es indudable que una de sus tareas consiste en llamar la atención sobre las motivaciones. El movimiento en favor de las personas discapacitadas se concentra demasiado en el ahora y el yo y no considera debidamente las consecuencias para las futuras generaciones, para las personas discapacitadas que aún han de na- cer. Estos interrogantes éticos se caracterizan por el enfrentamiento entre el interés individual y el interés colectivo. Frecuentemente se me pregunta si estoy en contra de los adelantos de la medicina con los cuales se pretende aliviar el sufrimiento de algunos. Suelo responder que es muy fácil decir que se les ayude. Hay que considerar, sin embargo, los efectos en el total de la sociedad si se pretende forzar algo determinado. Además hay que tener presente que las actuales visiones de los científicos e investigadores por lo general no van a redundar en beneficio de las generaciones contemporáneas sino de las futuras, siempre y cuando arrojen algún beneficio.

DIE: El teatro y la literatura han jugado un papel destacado en su vida. ¿Ve usted nexos entre estas actividades y la educación de adultos

Radtke: Mi carrera en el mundo del teatro tiene mucho que ver con educación de adultos. Una de mis primeras iniciativas en la universidad popular fue la creación de un curso de teatro, que estuvo a cargo de otra persona pero en el cual participé. El descubrimiento de este mundo influyó mucho en mi desarrollo personal. Sin embargo, soy reacio a hablar de «terapia». Para el/la terapeuta, el arte y la cultura son sólo medios para lograr un objetivo. Si notamos que lo que hacemos también tiene efectos en el público o en el lector, entonces deja de ser algo que sólo nos atañe a nosotros — afecta también a terceros. Obviamente desearía que la educación de adultos tuviese muchas más ofertas de este tipo, pero siempre desde el punto de vista artístico, cultural y creativo, no terapéutico. Las personas discapacitadas poseen una capacidad creativa que muchos autores y componistas sin discapacidades envidian y que tratan de compensar con medios artificiales. Tomemos como ejemplo un libro escrito por una persona que padece de autismo: el estilo en que está escrito parecería en sumo afectado si procediese de la pluma de una per sona sin esta discapacidad. Las discapacidades, el arte y la cultura están estrechamente ligados. En el caso de un artista eventualmente sería mucho más conveniente no hablar de discapacidades sino más bien de «fases creativas». Sabemos que en el caso de personas con enfermedades síquicas la capacidad creativa alcanza su punto máximo cuando pasan por una crisis. Precisamente cuando están más discapacitadas es cuando más creativas son.

DIE: Con su observación de que eventualmente sería más apropiado no hablar de «discapacidad» en el caso de un artista sino de «fase creativa», nos adentramos en el difícil terreno del conceptualismo. ¿Es correcto hablar de personas «discapacitadas» o habría que hablar más bien de «personas que precisan asistencia»? Palabras pueden llevar a malentendidos y pueden herir. ¿Se ha encontrado ya una armonía entre una terminología precisa y political correctness?

Radtke: Tomemos por ejemplo el término «tullido», que es muy difamatorio. Fue nada menos que un grupo de discapacitados el que habló de tullidos y que creó el «movimiento de los tullidos». En consecuencia, es en primer lugar importante ver quién emplea qué término. Luego, también el contexto dentro del cual se emplea un término es importante. Si alguien por ejemplo dice: «Mira, que tullido más increíble », está expresando admiración. Yo me manejo con mucho cuidado en lo que a political correctness se refiere, pues creo que una insistencia excesiva en determinados términos puede ser contraproductiva. Es como si un ciempiés cada vez reflexionase sobre qué pie mover primero. En ese mismo instante pierde la confianza en sí mismo. Es lo que sucede si de pronto dudamos de si procede decirle a un ciego: «Hasta la vista». En estas situaciones, la political correctness sólo logra profundizar la brecha. No quiero decir que el lenguaje no sea importante, pero creo que se debe evitar aumentar las sutilezas. Las palabras correctas no originan automáticamente actitudes correctas. Obviamente, en el mundo de las personas discapacitadas se discute con frecuencia sobre la idoneidad de los términos. Mientras persista una imagen negativa de las personas discapacitadas, se les puede dar todo tipo de términos positivos: después de algún tiempo, sin excepción, terminarán teniendo una connotación negativa.

DIE: ¿Por ejemplo?

Radtke: Hace cierto tiempo estuve en un congreso que se celebró en Atenas. En aquella ocasión los colegas británicos se negaron a hablar de «personas con discapacidades». Luego, unas dos semanas después, participando en Austria en un programa de radio, un señor llamó para pedir que no hablaramos de «personas minusvalidas», sino de «personas con una discapacidad». Tanto los colegas británicos como este caballero consideran su propio manejo del idioma como una manifestación de «emancipación» lingüística. En vez de buscar con ahínco términos positivos, deberíamos intentar evitar en forma consecuente aquellos claramente negativos.

DIE: ¿Puede usted reírse cuando alguien cuenta un chiste sobre personas discapacitadas?

Radtke: Con toda sinceridad, me rió muchísimo con este tipo de chistes. Especialmente si son los discapacitados mismos los que cuentan estos chistes – es un humor negro bastante macabro. Son cosas distintas si la persona se parodia a sí misma o si lo hace otra. Pero sé también que hay colegas que se sienten sumamente dolidos, por lo que hay que tener cuidado. Y como la sociedad aún no ha superado los prejuicios frente a este grupo de personas, estos chistes sólo logran produndizarlos. La situación también es distinta en Inglaterra, Escandinavia o Alemania. Depende enormemente del clima social. En sociedades en las cuales las personas discapacitadas son miembros perfectamente reconocidos por la sociedad, el peligro de que el chiste sea visto como una discriminación es menor.

DIE: En su actual cargo —jefe del Grupo de Trabajo para Discapacidades y Medios de Comunicación— usted hace películas y analiza con otras personas, también con personas afectadas, los papeles que juegan los discapacitados en los medios de comunicación. ¿Cuál es, al respecto, la cuestión clave?

Radtke: El cine, la televisión, la radio y la prensa escrita son para muchas personas el único medio por el cual se enteran de cómo viven las personas discapacitadas. Por ello es muy importante ver qué se muestra y cómo se muestra. Y precisamente dentro de este contexto en las últimas décadas ha tenido lugar un desarrollo sorprendente. Antes, las discapacidades o bien eran omitidas o eran presentadas como algo negativo, apelando a sentimientos de compasión. Hoy en día, personas afectadas juegan un papel activo en los medios de comunicación. Además, los medios han abandonado la práctica de trabajar con polos extremos: superman o mendigo. Es mucho lo que ha cambiado. Cuando analizamos desde un punto de vista crítico los distintos medios, nuestra pregunta clave es si los modelos mostrados reflejan la realidad, si transportan clichés y cuáles son las características del género específico. Así por ejemplo, personas con una discapacidad síquica suelen quejarse de que los asesinos en las películas policíacas frecuentemente son sicópatas. En este caso es el género el que exige el cliché; no es necesariamente un reflejo de la realidad.

DIE: ¿Participa el grupo de trabajo del cual usted está a cargo en las controversias sobre pedagogía y medios de comunicación?

Radtke: Nos falta el tiempo para el trabajo teórico. Y eso que este tema realmente debe ser profundizado por los expertos de la comunicación. Hasta ahora, las veces que ha sido abordado lo han hecho exclusivamente sociólogos y pedagogos especializados. Aquí hay que tender un puente.

DIE: Le agradezco que se haya tomado el tiempo.