Horst Köhler

Del 11 al 12 de febrero de 2005 tuvo lugar la cuadragésima primera conferencia de Munich sobre seguridad con el tema “Desarrollo Económico y Seguridad” y bajo la consigna “Paz a través del Diálogo”. Entre los/as participantes se encontraban dirigentes políticos de dentro y fuera del país, como el Ministro Federal de Relaciones Exteriores Joschka Fischer, el Ministro Federal de Defensa Peter Struck, el Ministro de Defensa de los EEUU Donald Rumsfeld, el Secretario General de la OTAN Jaap de Hoop Scheffer, el Delegado de Política Exterior de la Unión Europea Javier Solana, y otros. Por primera vez estuvieron representadas las Naciones Unidas a través de su presidente Kofi Annan. La Conferencia empezó con un discurso del Presidente Federal Horst Köhler, el 11 de febrero de 2005, en el que convocó a que se pusiera a disposición más recursos financieros para la cooperación para el desarrollo y la lucha contra la pobreza. Fuente: www.bundespraesident.de

Desarrollo económico y seguridad

Discurso pronunciado con ocasión de la cena inaugural de la 41 Conferencia sobre Seguridad

En su obra «Fausto», durante el paseo de Domingo Santo, uno de los personajes de Goethe comenta cuán interesante resulta hablar de la guerra si «allá lejos, en Turquía, los pueblos pelean uno con otro» . Pero esta confortable distancia se ha desvanecido. La televisión e Internet nos enfrentan en nuestra propia sala de estar con imágenes de catástrofes que ocurren hasta en el último confín del mundo – y no sólo de catástrofes naturales sino también de guerras y de acciones violentas. Somos informados en forma total. Pero también podemos ser víctimas. El trágico maremoto del 26 de diciembre puso de manifiesto las secuelas globales que pueden tener las catástrofes naturales.

Debemos tener claro que es imposible mantenerse al margen de la globalización. La catástrofe que afectó a la región del Océano Índico, las cambiantes dependencias en la economía y el medio ambiente, como también el terrorismo mundial, requieren una creciente configuración de la globalización.

En la actualidad son alrededor de seis mil millones de personas las que pueblan nuestro planeta. El espacio se está haciendo escaso y en el futuro lo será aún más. Se estima que la población mundial va a llegar a unos nueve mil millones de personas en el 2050. ¿De qué manera será posible una convivencia pacífica entre tantas personas si ya hoy en día más de la mitad de la población mundial subsiste con menos de dos dólares diarios, es decir, vive en la pobreza? La crisis no está programada, sino que está presente. Y no creo que esta crisis pueda superarse mediante el mero control y la limitación de sus consecuencias, especialmente en el campo de la seguridad. Sin una enérgica lucha contra la pobreza a lo largo y ancho del mundo, no podremos tener seguridad y tampoco estabilidad política en el largo plazo. Por ello, la política de desarrollo es la mejor forma de prevenir los conflictos. En consecuencia, el hecho de que el costo militar mundial, que supera los 900 mil millones de dólares al año, sea diez veces mayor que el gasto destinado al desarrollo por los países de la OCDE debería hacernos reflexionar a todos.

Entre seguridad y desarrollo económico existe una relación. Ello es obvio. Sin seguridad no podrá haber un desarrollo económico sostenible. Y la experiencia nos demuestra que la pobreza permanente de amplios sectores de la sociedad atenta a su vez contra la estabilidad estatal. Igual de frágil es la estabilidad política de un país cuya población es excluida de los beneficios de su riqueza natural, y marginada de los procesos políticos. Ejemplos de ello no faltan, sobre todo en África, pero también en Asia y Latinoamérica.

Las consecuencias de la miseria económica o del deterioro estatal las percibimos también aquí en Europa. Se manifiestan, por ejemplo, en los diarios intentos de una infinidad de personas, especialmente de África, por alcanzar la costa meridional de Europa, generalmente incluso en unas embarcaciones miserables. Ello representa un grave problema para los países de Europa Meridional: un problema con una dimensión social, económica y también relacionada con la seguridad. Sólo podremos hacer frente a este problema fomentando enérgicamente el desarrollo económico y social de los países de origen. En el largo plazo ello será más barato que transformar Europa en una fortaleza. Si, por el contrario, no logramos reducir notoriamente la pobreza en África, si un número aún mayor de países pasan a integrar la categoría de failed states [estados fracasados], entonces también el número de inmigrantes y de boat people [gente de los botes] aumentará. Los problemas que ello conllevaría tendrían una dimensión absolutamente distinta. No podemos darnos el lujo de perder más tiempo.

De hecho, el concepto clásico de «seguridad» se ha quedado corto. Debemos ampliarlo de manera que comprenda también factores socioeconómicos y culturales. Al respecto, las Naciones Unidas hablan de human security [seguridad humana], término que abarca la protección de las libertades esenciales y la protección de las personas frente a amenazas.

La definición textual reza: human security connects different types of freedoms – freedom from want, freedom from fear and freedom to take action on one’s own behalf. (La seguridad humana conecta diferentes tipos de libertades: libertad frente a las privaciones, libertad frente al miedo y libertad para actuar en nombre propio). Considero notable que esta definición recoja parte de las famosas cuatro libertades de Franklin Delano Roosevelt, las que en su tiempo legitimaron desde una perspectiva moral y política la entrada de los Estados Unidos en la Segunda Guerra Mundial.

La libertad frente a la miseria económica vincula el concepto de human security con los objetivos de desarrollo del milenio de las Naciones Unidas, según fueron acordados el año 2000 por 189 jefes de estado y de gobierno. Uno de dichos objetivos consiste en reducir en un 50% la pobreza extrema para el año 2015 y brindar a todos los niños del mundo una adecuada educación escolar. Se trata, pues, de objetivos notables e importantes.

En el año en curso las Naciones Unidas van a verificar en qué medida se está cumpliendo con las metas de desarrollo del milenio. Lo anterior significa que los 191 jefes de gobierno deberán comprobar en qué grado han progresado sus países. Mi propia opinión es que si bien se registran progresos en la lucha contra la pobreza, sobre todo en Asia, ellos son absolutamente insuficientes, toda vez que también observamos circunstancias negativas en algunos países africanos. Debemos incrementar nuestros esfuerzos. Al respecto, las naciones ricas y pobres deben cooperar más que en el pasado, y cada cual debe asumir la cuota de responsabilidad que le corresponde. Lo anterior, en consecuencia, también significa que los países en desarrollo no deben ser aliviados de sus responsabilidades. Sobre ellos recae la mayor responsabilidad cuando se trata de combatir la pobreza en su propio territorio. Principalmente deben procurar que en ellos exista una administración responsable y un buen gobierno, que prevalezca el estado de derecho, que se combata la corrupción y que se elaboren planes concretos y eficaces para reducir la pobreza.

Con ocasión de mi última visita a África, en diciembre pasado, pude comprobar que se están realizando progresos justamente en lo relativo a la lucha contra la corrupción, a una adecuada administración y a otros objetivos, no obstante algunos reveses, como por ejemplo en Costa de Marfil, en la República Democrática del Congo y, últimamente, también en Togo.

En el concepto común de desarrollo llamado Nueva Asociación para el Desarrollo de África o NEPAD (New Partnership for Africa’s Development), formulado por los mismos africanos, éstos se han comprometido a tratar de contar con un buen gobierno en sus países, al igual que con una gestión estatal responsable. Por otra parte, son ya más de 20 los estados africanos que hasta la fecha se han sumado al así llamado African Peer Review Process [Proceso de Revisión entre Pares Africanos], aceptando que su política sea objeto de una revisión crítica. Se trata de una importante medida destinada a identificar oportunamente los problemas y aprender del éxito y de la experiencia ajenos. Pienso que no estaría de más introducir también en Europa un Peer Review Process [Proceso de Revisión entre Pares]. El NEPAD y el concepto de la Unión Africana son agendas económicas y políticas elaboradas por africanos para africanos. Ello tiene indudablemente gran importancia y en sí ya representa un logro. Pero es el interés de todos nosotros que estos conceptos sean exitosos. De acuerdo con mis impresiones de aquel viaje a África son especialmente las mujeres africanas, por su destacado papel y sus variados compromisos con la sociedad civil, las que nos llevan a abrigar justificadas esperanzas.

Opino que si los países en vías de desarrollo asumen sus respectivas responsabilidades, el necesario aumento del apoyo de los países más poderosos, reunidos en la OCDE, puede indudablemente tener efectos positivos. Esto se los digo especialmente a quienes solapada, o a veces también abierta y directamente, alegan que toda esta ayuda es en vano. Si es bien aprovechada, obviamente será una ayuda eficaz. Y si los países africanos y los demás países pobres se esfuerzan, entonces nosotros, los países de la OCDE, debemos cumplir nuestra palabra. Si se desea alcanzar los objetivos de desarrollo del milenio se precisa una mayor ayuda financiera. Por ello vuelvo a exhortar a las naciones industrializadas, también a Alemania, a fin de que destinen el 0,7% del producto interno bruto a la ayuda para el desarrollo. Ya han transcurrido más de 30 años desde que las naciones industrializadas se comprometieron con esta meta. Pero entre la meta y la realidad aún existe una diferencia de casi 100.000 millones de dólares anuales. Debemos hacer todo lo posible para aproximarnos paso a paso a esta ambiciosa meta. Si la alcanzamos, no me cabe duda alguna de que el problema de la pobreza tendrá solución. En lo que se refiere a Alemania, no debemos limitarnos a culpar al Ministro de Hacienda o a terceros. Cada estado federado y cada ciudadano debe revisar sus prioridades políticas en relación con los países pobres, porque los estados federados por lo común promulgan con cada presupuesto una ley, en la cual se documenta la importancia que la sociedad le atribuye a la ayuda para desarrollo. Actualmente en Alemania esa cifra fluctúa entre el 0,27% y el 0,28%.

Un segundo aspecto es la necesidad de crear un régimen comercial internacional justo. La contribución más importante de la comunidad internacional a la lucha contra la pobreza sería la implementación de condiciones comerciales equitativas. Con la decisión de trasformar la ronda de Doha en una ronda en favor del desarrollo, hemos asumido un compromiso. Todo estado debe tener un interés básico por ofrecerle a la economía privada amplias posibilidades de gestión y expansión. El comercio es la mejor ayuda a la autoayuda. En consecuencia, no debemos marginar del comercio internacional a los países afectados, ni a través de subvenciones ni mediante medidas proteccionistas u otros obstáculos. He trabajado seis años en el exterior, dos de ellos en Londres como presidente del Banco Europeo para la Reconstrucción y el Desarrollo y cuatro como jefe del Fondo Monetario Internacional. Es deprimente ver en qué medida aplicamos estándares dobles cuando se trata de ejecutar e implementar nuestra política. Nos gusta predicar, pero comúnmente no nos atenemos a nuestros propias sermones y palabras.

A la vez debemos preguntarnos si nuestro propio aporte a la cooperación directa en materia de política de desarrollo es lo suficientemente eficaz. Nuestro compromiso debe merecer la confianza de nuestros socios, debe ser previsible y objeto de una adecuada concertación. De ser así, entonces ya ahora, y no obstante la escasez de recursos, podríamos lograr bastante más en la lucha contra la pobreza. Por ejemplo, pienso que una mejor coordinación y un mayor intercambio de información y experiencias entre las instituciones involucradas, así como una unificación de las directrices y de los criterios según los cuales se concede la ayuda, sería un gran paso adelante. La ayuda al desarrollo debe favorecer especialmente a los pobres. En consecuencia, los donantes deben contribuir en el mediano y en el largo plazo a crear estructuras estatales e instituciones públicas sólidas.

La situación anteriormente expuesta es por todos conocida. Ya desde hace años se dispone de programas y conceptos idóneos, pero deben ser aplicados de manera más eficaz. En mi opinión, la lucha contra la pobreza no es sólo una cuestión de interés propio. Para mí, y espero que para todos nosotros, es un asunto con una marcada dimensión moral. A mi juicio constituye un auténtico compromiso ético darle a toda persona la posibilidad de vivir dignamente en este mundo que compartimos. Este compromiso es uno de los fundamentos espirituales que unen a Europa con América y de los cuales nos podemos sentir orgullosos, al menos cuando se transforman en realidad. Si bien sólo podemos actuar dentro de nuestras posibilidades, es un hecho que éstas no han sido agotadas.

El ejemplo de África también nos demuestra que debemos reflexionar de manera más intensiva sobre cómo podemos contribuir a estabilizar en el largo plazo un país que se encuentra saliendo de un conflicto armado o una guerra civil, como por ejemplo Sierra Leona, nación que visité en diciembre pasado. Si se retiran prematuramente las tropas de paz de Sierra Leona, ello, en mi opinión, podría originar nuevos problemas. En estos momentos las instituciones gubernamentales de Sierra Leona no están en condiciones de promover o garantizar la paz, el orden y la seguridad necesarios para promover el desarrollo del país. Necesitamos mayores seguridades en cuanto a que las instituciones de dicho país estén en condiciones de garantizar en el largo plazo el orden y la paz. Un ejemplo muy loable en este contexto es el compromiso del gobierno británico de apoyar durante un período de diez años la creación de un cuerpo de orden eficaz. Un apoyo concebido en el mediano o largo plazo es especialmente importante cuando se trata de países que se encuentran en el proceso de reconstrucción posterior a un conflicto armado.

Lamentablemente se carece de criterios objetivos para evaluar tanto la necesidad de una intervención internacional en caso de una situación conflictiva o crítica como los requisitos para ponerle término. Se trata, obviamente, de una decisión política con todos los efectos positivos y negativos inherentes a ella. Creo que al respecto aún no hemos encontrado el camino adecuado. Por ello me complacería ver que los aspectos relacionados con la prevención de conflictos y el manejo de crisis fuesen un punto central de la inminente reforma de las Naciones Unidas. En mi cargo de director del FMI en más de una ocasión lamenté que el Consejo de Seguridad, en principio y debido a su propia impotencia, sólo me comunicase «aspiraciones y deseos», tratando de transferir su impotencia política a otras instituciones: esto es ineficacia. Todos los aspectos relacionados con la prevención de conflictos y el manejo de situaciones críticas deberían ser parte importante del debate sobre la reforma de las Naciones Unidas.

Estoy absolutamente convencido de que el desarrollo económico es una condición necesaria, pero no la única, para una mayor seguridad global. De gran importancia es que ganemos la batalla para conquistar los corazones y las mentes de las personas. Y para ello en primer lugar debemos respetar la identidad cultural de los otros.

Esto significa que no debemos evadir la confrontación con las culturas ajenas: por el contrario, debemos buscar el diálogo. Podemos y debemos buscar los aspectos comunes y debemos aceptar y respetar las diferencias. Y no debemos confundir indiferencia con tolerancia. En este conflicto debemos asumir posiciones, de una manera activa, enfática y, sobre todo, digna de crédito. Todos ustedes conocen el concepto «diálogo entre las culturas» : está prácticamente de moda. En parte, este diálogo ya está en marcha, obviamente y de acuerdo con las circunstancias, sólo con aquellos dispuestos a dialogar. Pero cómo podemos incluir en este diálogo a los fundamentalistas, a los fanáticos, a aquellos que representan una amenaza.

La pobreza y el predominio de lo ajeno son frecuentemente señalados como los motivos del terrorismo internacional con trasfondo islamista. Pero todos sabemos que, por nombrar un ejemplo, los autores del acto terrorista del 11 de septiembre no provenían de familias pobres o incultas. Pero también es verdad que los simpatizantes y seguidores de los terroristas aparentemente carecerían de posibilidades y serían víctimas de la marginación. Es aquí donde podemos entrar en acción.

Diariamente somos testigos de la variedad y de la magnitud de los conflictos que se producen cuando dos culturas chocan una contra otra. En Karachi, El Cairo, Lagos o Yakarta, los jóvenes son confrontados diariamente con la fascinación de un modo de vida que un primer momento promete libertad. Pero esta forma de vida se contradice en más de un aspecto con sus normas culturales, las concepciones vitales y las realidades económicas y sociales. Ello es motivo de una fascinación que va de la mano de una frustración, situación que no pocas veces es la semilla del odio y la violencia.

Temo que la batalla por conquistar los corazones y las mentes de las personas será larga y ardua. Es, en definitiva, la parte más difícil de la lucha propiamente tal, pero debemos librarla. No cabe duda de que debemos dar esta batalla, pues de lo contrario todos los esfuerzos por lograr mayor seguridad y progreso económico serían insuficientes e insatisfactorios.

Hace tres semanas tuve ocasión de hablar ante representantes del Consejo de la OTAN. La OTAN, cuyos países miembros se han comprometido con la libertad, la democracia y los derechos humanos, entre otros valores, nació como una alianza de carácter defensivo. Hoy hace frente a desafíos que no tienen nada que ver con el escenario que la vio surgir: la guerra fría. Creo que la OTAN como comunidad de valores no ha perdido un ápice de su importancia; todo lo contrario.

Estoy igualmente convencido de que las personas hoy en día comprenden cabalmente que seguridad siempre significa brindar también a las poblaciones de los países más pobres del mundo una perspectiva de vida positiva. La perspectiva de poder vivir dignamente, de poder vivir sin tener que temer por la subsistencia, de poder vivir con una identidad cultural propia. Necesitamos, finalmente, un concepto político para un mundo único, a pesar de la diversidad del mundo actual, y precisamente debido a ella.