Doug Saunders  
“La gente nunca decide de la noche a la mañana hacer el equipaje y emigrar”

Entrevista realizada por by Johanni Larjanko  

© Randy Quan

Doug Saunders es un escritor y periodista canadiense-británico. Es el autor de los libros Ciudad de llegada: la última migración y el mundo del futuro (2011) y The Myth of the Muslim Tide (2012). Es columnista de asuntos internacionales en el diario The Globe and Mail, de cuya oficina europea con sede en Londres fue corresponsal jefe durante una década. Ha escrito numerosos artículos sobre Asia Oriental, el Subcontinente Indio, Oriente Medio y África Septentrional. Ha ganado en cinco ocasiones el National Newspaper Award, el equivalente canadiense al Premio Pulitzer. 



Según el periodista y escritor canadiense Doug Sanders, en la actualidad estamos presenciando la última gran ola de migración humana del campo a la ciudad. Esta masiva afluencia de personas está generando enormes desafíos, amenazas y oportunidades. EAD logró conseguir una entrevista con Doug mediante una no del todo confi able conexión por Skype.

Cuénteme sobre la mayor corriente migratoria de la historia humana. ¿En qué consiste, dónde se está desarrollando, y cuál es su causa?

La transición de una vida principalmente rural, basada en la agricultura, a una vida mayormente urbana es un fenómeno que Europa y Norteamérica experimentaron entre el siglo XVIII y mediados del siglo XX. Se produjo a raíz de una combinación entre la modernización agrícola y el desarrollo de las economías urbanas. Sus causas tienen que ver con la transición desde una vida agrícola (o vida campesina) orientada a la supervivencia hacia una vida agrícola con una motivación comercial, por lo que las zonas rurales fueron quedando cada vez más despobladas, pero al mismo tiempo aumentó la producción de alimentos. Este cambio ha tenido dos consecuencias, en el mundo entero y a lo largo de la historia. Se reduce el número de integrantes de las familias, poniéndose fin al crecimiento demográfico; asimismo, al aumentar la producción de alimentos disminuye la pobreza, la inanición y la desnutrición. Estos beneficios inducen a la gente a emigrar. Desde la Segunda Guerra Mundial hemos presenciado el mismo fenómeno en los hemisferios sur y oriental del planeta (Asia, África, India y Latinoamérica). Este proceso casi ha finalizado en Latinoamérica, al menos por ahora, pues su población es tan urbana como la de Estados Unidos o la de Europa. En la actualidad somos testigos de la fase más intensa de este cambio demográfico en Asia Oriental y en África. También podemos apreciar la disminución de la pobreza, el descenso en el crecimiento demográfico y el mejoramiento del nivel de vida que ello ha traído consigo.

¿Qué ocurre con nuestra identidad y nuestro autoconcepto cuando nos trasladamos de la aldea a la ciudad?

Ello varía de una sociedad a otra, pero incluye factores como cambios en la estructura familiar, o la asignación de roles distintos a las mujeres y a los hijos. Estos últimos dejan de ser mano de obra agrícola excedente y se transforman en una inversión para el futuro de la familia. Así pues, se necesitan menos hijos, y cada uno de ellos adquiere mayor valor. La mujer deja de ser un mero apoyo para el patriarca de la familia y pasa a cumplir un papel más igualitario. Hoy en día las mujeres trabajan en las economías urbanas de numerosas sociedades. No es una transición fácil, ya que el proceso suele provocar una enorme conmoción en el sistema.

¿Cuáles son los riesgos que entraña para la sociedad y para las personas el tránsito de la vida rural a la existencia urbana?

El riesgo para las personas que se atreven a dar el salto es enorme. Pasan de una vida rural, que es muy marginal, a una vida urbana que es mucho más costosa e insegura, hasta que aprenden a desenvolverse en ese ambiente. Sin embargo, las personas que tienden a aventurarse son las más ambiciosas, las que tienen empuje. Son las que están mejor conectadas en las zonas rurales, y las que están dispuestas a probar fortuna aunque exista una alta probabilidad de fracaso. Los lugares a los que terminan llegando, situados en las afueras de las grandes ciudades, nunca son territorios seguros donde la vida resulte fácil, lo cual supone, asimismo, un riesgo inherente para cualquier persona o familia que acometa esta empresa. 

La favela Santa Marta, en Rio de Janeiro. Santa Marta es lo que Doug Saunders llama una “ciudad de llegada”, © Doug Saunders

¿De manera que, fuera de los riesgos personales que involucra este proceso, las sociedades se ven afectadas por esta fuga de cerebros en la que las personas más ambiciosas y activas abandonan el campo?

Así es, pero hay que tener en cuenta que no se trata solo de un grupo cualquiera de personas que un día decide sin más ni más hacer su equipaje y partir. Las familias que abandonan la región son las de los agricultores más prósperos. Contrariamente a las premisas algo ingenuas desde las que partí cuando comencé a trabajar en mi libro Ciudad de llegada, no existe ningún lugar en el mundo donde una familia un día llegue y decida de improviso: “tomemos un autobús y vayamos a la ciudad para urbanizar”. Ello nunca ha ocurrido. Lo que sí sucede es que, entre las temporadas de cosecha, un miembro de la familia, por lo general una mujer, se traslada temporalmente a la ciudad para obtener un ingreso extra. Se aloja en un cuarto que comparte con otras doce personas y trabaja en empleos de ínfi ma categoría.

Un mínimo porcentaje del dinero ganado en la ocupación más insignificante en cualquier ciudad equivaldrá, cuando sea reenviado a la zona rural, a veinte veces el ingreso obtenido por la familia en la actividad agrícola. Es lo que ocurre hoy en día en China y en Polonia; es lo que ha sucedido históricamente en Gran Bretaña y en muchos otros países. Como resultado de lo anterior, otros miembros de la familia comienzan pronto a venir a la ciudad, y algunos de ellos pueden incluso quedarse todo el año. Comienzan alquilando un lugar donde alojar para finalmente acabar comprándose una vivienda. Llega un momento en que los integrantes se dan cuenta de que han dejado de constituir una familia rural próspera que recibe ayuda financiera de la ciudad, y han pasado a convertirse en una familia urbana que posee en algún lugar una finca donde aún habitan los abuelos.

La vida en las ciudades de llegada es muy difícil. Se corren muchos riesgos y se necesita una alta dosis de resiliencia. No cualquiera puede desenvolverse en ese ambiente. Aquellos que abandonan la aldea son los más ambiciosos y los que poseen las inversiones y los ahorros más cuantiosos. De ellos, el 50% más resistente logrará permanecer en la ciudad.

¿Qué se puede y se debe hacer para facilitar esta transición?

Quienes administran las ciudades deberían comprender que esta migración no es un fenómeno casual. En cada ciudad hay redes preexistentes de inmigrantes que provienen de un lugar específico. Existe una regla universal: los países nunca emigran a otros países; lo que sí ocurre es que determinadas aldeas o subregiones de un país emigran a un determinado barrio, y las redes facilitan este proceso. En segundo lugar, las personas no llegan y se presentan así como así en una localidad esperando que el futuro les depare lo mejor; llegan porque perciben determinadas oportunidades de emprendimiento en la economía de ese lugar. Independientemente de cuáles sean sus leyes de inmigración, si en un país se prevé un fenómeno de escasez de mano de obra, llegará gente para ocupar esos puestos, ya sea legal o ilegalmente. En tercer lugar, hay que tener presente que estas personas van a establecerse en lo que yo denomino barrios de ciudades de llegada. Se trata de zonas donde el costo de la vivienda es mucho menor que en cualquier parte, y donde es posible encontrar por lo menos una red preexistente de inmigrantes que provienen de un lugar específi co. Si logramos entender esa realidad con antelación, seremos capaces de discurrir métodos para superar las difi cultades que vayan presentándose, porque el eventual surgimiento de problemas inherentes al lugar forma parte de la lógica de la ciudad de llegada. ¿Por qué el valor de las viviendas disminuye tanto en este vecindario? A veces se debe a la existencia de un problema sanitario específico, o a la pésima calidad de la construcción. Muchas veces ocurre que el barrio se encuentra en un lugar de difícil acceso, muy alejado del centro de la ciudad. Así, un residente puede tardar dos horas en llegar a su lugar de trabajo, o un cliente puede demorar dos horas en llegar a una tienda situada en ese barrio de inmigrantes. Pueden surgir problemas institucionales, como la carencia de escuelas o de locales comerciales. Estas son, en general, las razones por las que las ciudades de llegada no son aptas para una residencia permanente. Una vez que los inmigrantes se han establecido y comienzan a ascender en la escala social, procurarán mudarse a otro sector.

¿De quién es la responsabilidad? ¿Es siempre del Estado o acaso la sociedad civil también tiene un papel que cumplir?

Para responder a esta pregunta es preciso moverse entre dos líneas de pensamiento. Está la antigua escuela liberal de desarrollo urbano, que sostiene que la solución consiste simplemente en concederles a las personas propiedad sobre su vivienda y facilitarles el acceso a licencias comerciales, y así todos los restantes problemas se solucionarán por sí solos. Esta postura es respaldada por economistas como Hernando de Soto. Asimismo, existe un argumento urbanístico de carácter más bien cuasi-marxista según el cual el Estado tiene la obligación de evitar que el capitalismo liberal arruine la vida de gente inocente. A mi juicio, los barrios de inmigrantes en zonas urbanas que han logrado prosperar son aquellos donde se ha aplicado una economía liberal, para que exista una completa gama de oportunidades empresariales, y donde el Estado cumple un papel activo y preponderante. Es preciso contar con oportunidades económicas y una economía operativa, pero también se requiere que las instituciones del Estado colaboren proporcionando infraestructura primaria, transporte, pero en especial servicios de salud y educación, para que así las cosas funcionen. Una vez que se tome conciencia de ambas necesidades será más fácil evitar algunos de los desastres que han ocurrido en numerosos barrios.

Wang Lian y su familia en su taller-hogar en Chongqing, China. Se mudaron aquí desde la aldea de Nan Chung, distante a 80 kilómetros, y administran una pequeña fábrica de bañeras de madera. Todos duermen, cocinan, se asean y comen en un recinto sin ventanas situado en la parte de atrás del taller. “Aquí puedes transformar a tus nietos en personas de éxito si encuentras el medio adecuado para ganarte la vida; en la aldea solo puedes vivir”, señala el señor Wang, © Sun Shaoguang

Usted menciona la educación. ¿Qué papel le cabe a la educación de adultos en este proceso?

En las décadas de 1960, 1970 y 1980 una gran cantidad de personas emigró a ciudades de Europa y Norteamérica debido a una escasez de mano de obra que ya no existe. Hoy en día carecen del bagaje de aptitudes que se requiere para posicionarse de manera adecuada en las economías postindustrializadas de Occidente; por lo general solo han completado, si acaso, los estudios secundarios. Es en estas situaciones cuando la educación de adultos adquiere enorme importancia. Muchos inmigrantes lograron prosperar porque pasaron de trabajar en empleos en el sector industrial a ad-ministrar su propia empresa, por ejemplo abriendo un pequeño restorán. Pero no todas las personas están preparadas para sobrellevar los riesgos y las adversidades asociados a la vida empresarial. Existe una generación completa de inmigrantes que han procurado realizar esta transición, pero muchas veces han carecido de las herramientas y de las aptitudes necesarias. También existe, especialmente en Europa, una generación perdida de hijos varones de inmigrantes; se trata de jóvenes nacidos en dicho continente, que han abandonado los estudios escolares con la esperanza de encontrar un empleo —inexistente— en el sector industrial, y han acabado siendo absorbidos por las economías del mercado gris. Ellos forman un grupo destinatario muy importante de la educación de adultos, pues la idea es volver a encarrilarlos para que acaben encontrando un lugar en la economía.

La mayor parte de las investigaciones sobre integración que consulté indican que cuando los inmigrantes han alcanzado un nivel de instrucción y de empleo similar al de la población en general, el problema cultural se soluciona por sí solo. La cultura y el idioma dejan de ser percibidos como un obstáculo, y pasan a transformarse en nada más que un colorido ornamento.

Me parece que, al tratar de comprender los problemas de alcance mundial, siempre corremos el riesgo de caer en el etnocentrismo, juzgando a otra ciudad, a sus habitantes y sus políticas solo con arreglo a los valores y los criterios de nuestra propia cultura. ¿Cómo aborda usted ese problema?

Cuando vamos a visitar a alguien en una aldea, o en un barrio, abrigamos determinadas expectativas, basadas en nuestra propia perspectiva cultural, con respecto a lo que esa persona espera de la vida y a las motivaciones de sus actos. Este modo de proceder no contribuye a crear un clima de entendimiento.

Gran parte de la solución consiste en dejar que las personas narren sus experiencias de la manera que más les acomode. No hay que comenzar preguntándoles por las dificultades que afrontan: la lista siempre será larga, pues todos tenemos problemas. Lo primero que hay que hacer es pedirles que nos den a conocer su historia, su testimonio. ¿Cuál es su trayectoria? ¿De dónde vienen? ¿A cuánto asciende su presupuesto familiar? ¿Cuáles son sus objetivos de aquí a diez años? ¿Qué expectativas abrigan para sus hijos? Si formulamos preguntas abiertas de ese tenor, podremos comprender la realidad de esas personas, su trayectoria de vida, lo cual nos resultará muy útil. Es una manera de abandonar las posturas etnocéntricas al analizar a las personas.