Editorial
Extranjero y ciudadano del mundo

Johanni Larjanko
Redactor jefe

 

 

 

 

Ciudadanía mundial. Lo primero que se me ocurrió fue que ese término sonaba algo ridículo, como esos conceptos con mensajes optimistas que carecen de significado. Lo segundo que pensé fue que tal vez resulta verdaderamente necesario debatir sobre el tema en este momento. Permítanme explicarles por qué. En el país donde vivo, la nación es un concepto del que se han apoderado los ultranacionalistas de derecha. Desean vivir aislados, como una sociedad pura, blanca y monocultural; cualquier cosa que provenga “de fuera” resulta sospechosa y potencialmente peligrosa.


Se trata del clásico escenario de “nosotros” frente a “ellos”.


Este nacionalismo aislacionista ha conseguido un impor tante grado de apoyo político en muchos países europeos. Este éxito es atribuible en cier ta medida a una nueva generación de políticos nacionalistas que han pulido su fachada y (al menos en parte) su vocabulario.
Uno de los tópicos más recurrentes en sus argumentos tiene que ver con la victimización: los habitantes de este país están siendo víctimas de la globalización, de los políticos maquinadores, de los intelectuales, de los banqueros, de los medios de comunicación corruptos y de
los inmigrantes.


Para situar este fenómeno en un contex to, me estoy ref iriendo a Finlandia, uno de los países más ricos del mundo, que cuenta con un sistema escolar de prestigio mundial. En todas las comparaciones internacionales, Finlandia figura entre las naciones más destacadas: alto nivel de vida, bajos índices de delincuencia, alto nivel de instrucción, alta esperanza de vida, un entorno natural limpio, etcétera. En este escenario algo inesperado, los partidos populistas de derecha están ganando terreno recurriendo a modelos simplistas en los que todo se reduce a un problema asociado a la inmigración.


Mientras que en otras par tes del mundo se puede adquirir poder político “aplicando mano dura contra el delito” o “creando más empleos”, aquí parece que la mayoría de los males pueden resolverse “enviando a los inmigrantes de vuelta a África”.


Según estos populistas, si no actuamos ahora, nues- tro patrimonio nacional, nuestras propias almas, corren el riesgo de “contaminarse” o de “extinguirse”. Lo interesante es que la mayoría de las investigaciones coinciden en que estos sentimientos son más intensos en lugares donde la población de inmigrantes es escasa o inexistente. Existe un temor a lo desconocido.


Por eso la ciudadanía se transforma en una herramienta útil. Solo quienes poseen pasaporte finés, y por lo menos cinco generaciones de esa nacionalidad en la familia, podrán considerarse finlandeses legítimos y de confianza. Todos los demás son personas sospechosas de las que no hay que fiarse.


Es preciso recuperar la noción, la idea y el concepto de ciudadanía. Porque este mundo en el que vivimos no está yendo por muy buen camino. En los desafíos mundiales se presta escasa atención a las fronteras nacionales. Mientras preparábamos esta edición de la revista
surgieron varias preguntas: ¿Qué significado puede tener la palabra ciudadanía si no está asociada a un lugar físico y a una nación específica?


Como seres humanos necesitamos algo con que conectarnos. Necesitamos sentirnos seguros. Necesitamos alimentarnos. Ahora bien, ¿cuál es la mejor manera de satisfacer esas necesidades? ¿Acaso todos (o todas las naciones) deben valerse por sí mismos, o es posible trabajar en conjunto? Nuestras respuestas a esas interrogantes determinarán el futuro perfil de nuestras sociedades. Tal vez por eso resulta tan importante que debatamos ahora mismo sobre la ciudadanía mundial.