Editorial

Yo te veo, pero tú... ¿te ves a ti mismo?

Johanni Larjanko
Redactor jefe

 

 

 

 

 

Todo comienza con la mirada. Según reza el dicho, los ojos son el reflejo del alma. Creo que los ojos son el portal de entrada a la vida humana. Todos queremos y necesitamos ser vistos. Vistos y aceptados como somos. Los seres humanos conformamos una especie social. El hecho de que aún existamos en este paneta se debe en gran medida a nuestras habilidades sociales. La colaboración, y no la competición, es lo que nos ha permitido llegar hasta donde nos encontramos hoy. Y sin embargo nos empeñamos en dividirnos. Entre ellos y nosotros, tú y yo.

Tal vez se trate de un fenómeno natural. Pienso que a la mayoría de nosotros nos gustaría sentirnos como un ser único, o al menos como un individuo. La manera más fácil de lograrlo consiste en fijar límites, en identificar una frontera que separe lo que soy yo de todo lo demás. Hacemos esto como una forma de encontrarnos y definirnos. Desde el momento mismo en que nos embarcamos en ese viaje corremos el riesgo de caer en la intolerancia, el odio, el prejuicio y el fanatismo. Es entonces cuando la situación se torna problemática y la educación de adultos adquiere importancia. Aceptar la diversidad es comprender que lo que es distinto a nosotros no constituye una amenaza. Pero no es fácil adoptar esa actitud.

Este número de EAD está dedicado precisamente a la inclusión y la diversidad. Se trata de un tema amplio, complejo y de gran actualidad. Gran parte de la labor de la educación de adultos y el desarrollo está relacionada con la inclusión en sus diversas formas. Mientras planificábamos esta edición, logramos percatarnos de lo vasto que es el tema. Tal parece que la noción de inclusión es tan diversa como el planeta en que vivimos. ¡Por cierto que ello nos impuso un desafío que no podíamos dejar de afrontar! En las siguientes páginas analizaremos el panorama general y las implementaciones a nivel local. Explorararemos los mecanismos empleados y algunas soluciones encontradas.

A veces la inclusión es abordada como un mero concepto sistémico. La solución propuesta consiste en diseñar un programa educativo inclusivo o una iniciativa sobre políticas mundiales. Es preciso emprender iniciativas de alcance mundial si pretendemos cumplir nuestro objetivo. La educación de adultos debe ser inclusiva, qué duda cabe; pero ello no basta.

Señalé que el problema se inicia con la división entre tú y yo. La manera más eficaz de excluir a alguien es no viéndolo. ¿No queremos mendigos en las calles? Miremos hacia otro lado. Hagamos cuenta de que no están ahí. ¿Nos desagradan las personas con discapacidad, o la gente con otro color de piel o que tiene una orientación sexual distinta a la nuestra? Ignorémoslas. Nuestras razones para desviar la mirada son múltiples, y a veces bastante comprensibles. La inclusión no es algo fácil. Si lo fuera, en este momento viviríamos en un paneta inclusivo. Las inseguridades, el temor, la pobreza y la desigualdad, son todos factores que entran en juego. Por eso decidimos tratar este tema en la presente edición de la revista. La educación de adultos tiene un papel que cumplir. Y ustedes deben tomar una decisión: si creen en la inclusión, tienen que estar preparados para luchar en favor de esa causa, como también contra sus propios prejuicios.