De qué manera la educación de adultos puede salvar tu vida

Henrique Lopes
Universidad Católica Portuguesa
Portugal

 

 

 

 


Resumen
En este artículo se describe el impacto que la educación de adultos puede tener en nuestra salud. Ya es hora de que situemos la educación para la salud preventiva en el mismo nivel que la enseñanza de la lectura, la escritura y el cálculo, y de que reevaluemos la importancia del aprendizaje a lo largo de toda la vida para nuestra supervivencia.


Todos los países del mundo tienen grandes dificultades para gestionar sus sistemas de salud. En algunas naciones ello ocurre porque carecen de los recursos económicos, técnicos y humanos que les permitan entregarles a sus habitantes niveles adecuados de atención sanitaria. Otros gobiernos disponen de vastas redes para la prestación de servicios de salud, dotadas de profesionales altamente cualificados, pero no son capaces de cumplir con las exigencias financieras impuestas por el sistema de “innovación sumativa” que prevalece en la actualidad, de tal manera que cualquier progreso o innovación se traduce en un aumento de los costos.

Hay una categoría de países, encabezados por Estados Unidos, que gastan cuantiosas sumas de dinero en atención de salud, y que por lo general cuentan con hospitales bien equipados. Pese a lo anterior, sus resultados e indicadores en materia de salud no son tan buenos como los de otros países —principalmente las naciones europeas— que gastan menos de la mitad en esta área.

Dicho de otro modo, las dificultades asociadas a la atención de salud no pueden reducirse a un problema económico. Al inyectarse más dinero y recursos al sistema tradicional solo se garantiza el mantenimiento de los indicadores de salud, los cuales experimentarán un paulatino descenso a medida que envejezca la población.

Agua potable

Un sencillo análisis histórico revela que cerca del 80 % del progreso logrado durante los dos últimos siglos en el área de la salud deriva de la disponibilidad masiva de agua potable, alimentos en buen estado y hábitos higiénicos. Toda la amplia variedad de recursos destinados a adquirir medicamentos y a establecer redes de modernos hospitales resulta de gran utilidad, pero no es este el aspecto que debe privilegiarse cuando se pretende mejorar la calidad de la atención de salud que se presta a los habitantes. La única excepción a este respecto han sido las campañas de vacunación, por motivos a los que nos referiremos más adelante.

La bibliografía científica en el campo de la salud pública y el combate de las enfermedades señala que el perfil de morbilidad de cualquier población tiene que ver en gran medida con el estilo de vida y la noción de riesgo implícito que se asocian a los comportamientos de sus miembros.

Resulta fácil aportar ejemplos sobre el impacto del estilo de vida: cerca del 90 % de los casos de diabetes tipo 2, la enfermedad más onerosa para los sistemas de salud de los países occidentales, podría evitarse al educar a la población sobre alimentación, dietas y modificación de estilos de vida sedentarios. Lo mismo puede afirmarse respecto de muchas de las enfermedades circulatorias que son la causa de alrededor de un tercio de las muertes en dichos países. Por añadidura, muchos casos de cáncer del aparato digestivo podrían prevenirse mediante ligeras modificaciones de la dieta, reemplazando algunos de los alimentos más nocivos por otras alternativas más saludables, las que generalmente son también más baratas y accesibles para todos.

En cuanto al segundo componente, el de la percepción o noción de comportamientos riesgosos, podríamos referirnos a la enorme cantidad de personas que fallecen o resultan heridas como consecuencia de accidentes que ocurren en la vía pública, en el trabajo o en el hogar, y que afectan en especial a niños y jóvenes. También son millones en todo el mundo las personas adictas a una enorme variedad de drogas por no haber sido formadas o educadas para tomar conciencia de que la farmacodependencia es una enfermedad y que el consumo de sustancias adictivas solo aumenta el riesgo de contraer una enfermedad. Si bien este planteamiento simplista no permite dimensionar la verdadera magnitud de la realidad, sí refleja la esencia del problema.

Y así podrían citarse miles de ejemplos sobre estilos de vida y comportamientos riesgosos, siempre con el mismo resultado final: un deterioro del perfil de salud de las personas aludidas y de las poblaciones a las que pertenecen.

La educación de adultos como herramienta para promover la salud

La modificación de ese estado de cosas, para lo cual se requieren medidas más complejas que la mera inyección de recursos, constituye una opción política en el sentido de escoger un paradigma. Podemos seguir gastando sumas cada vez más cuantiosas para tratar de atenuar una situación que ya se ha generalizado, o bien podemos educar a la población para que su salud se mantenga en las mejores condiciones posibles, con la esperanza de evitar así problemas que de lo contrario se presentarán en el futuro. En este sentido, la educación de adultos constituye una herramienta fundamental para promover la salud y consolidar un nuevo paradigma que refuerce la atención sanitaria mediante la gestión del conocimiento.

El actual paradigma de los servicios de salud consiste fundamentalmente en una actitud reactiva frente a la aparición de enfermedades, y recibe cerca del 98 % del presupuesto total disponible para atención sanitaria. Por lo general, las iniciativas de prevención no van mucho más allá de las campañas de vacunación, por lo que reciben una proporción muy reducida de los fondos estatales destinados a la salud.

Aún se requiere promover la noción de que los ciudadanos deben aprender sobre temas de salud con una modalidad similar a la que ya se emplea para enseñar a leer, escribir y calcular. Resulta innegable que saber leer y calcular constituyen habilidades fundamentales, pero estar vivos es una condición previa incluso para poder leer y calcular. Por tanto, diseñar un sistema de alfabetización para la salud es un requisito esencial, que merece el mismo nivel de difusión que la enseñanza de la lectura, la escritura y el cálculo. Evitar una vida de dependencia, e incluso la muerte prematura, es un objetivo muchísimo más importante que recitar los poemas más hermosos o resolver teoremas avanzados. Existe claramente una jerarquía de prioridades, y la vida se encuentra, qué duda cabe, en la cúspide de esa pirámide.

Aprender en el momento adecuado

La naturaleza de este aprendizaje difiere de los procesos habituales de enseñanza. No es posible entregarle cualquier conocimiento a un niño y esperar que lo pueda aprovechar durante el resto de su vida, como sí ocurre, por ejemplo, cuando se le enseña a leer. La naturaleza misma de la salud determina que una persona está expuesta a distintos problemas según la etapa de la vida, a lo que se añaden variaciones no solo en los niveles y tipos de responsabilidades sociales, sino además en las capacidades físicas e intelectuales. Por tanto, aun cuando efectivamente necesitamos una formación y una educación básicas en etapas más tempranas de la vida, hay otros conocimientos que solo conviene entregar en etapas posteriores de la vida. Por ejemplo, no tiene sentido educar a un niño sobre cuidados geriátricos, ya que pasarán varias décadas antes de que esa información le sea de utilidad.

Asimismo, los conocimientos sobre la salud han ido evolucionando a un ritmo muy acelerado, y solo conviene entregar contenidos pertinentes para el usuario. Así pues, la alfabetización para la salud se convierte en un proceso de educación que debe extenderse desde el principio hasta el final de la vida, y en el cual cada etapa requiere una formación específica, ya sea respecto de las funciones sociales que le corresponde cumplir a cada persona, ya sea con relación a las necesidades específicas que los individuos deben satisfacer.

Por eso la educación de adultos es una herramienta clave en la alfabetización para la salud, sin por ello subestimar el bagaje de contenidos que tanto niños como jóvenes necesitan aprender.

En la búsqueda de respuestas es preciso incorporar un ciclo natural que tiene que ver con la necesidad de saber cómo cumplir la misión de padre y de madre. Si (como es lógico) para conducir se requiere poseer una licencia, ¿por qué el aprendizaje y la educación necesarios para la vida no deberían también abarcar este ámbito —la maternidad y paternidad— que entraña un enorme desafío del cual depende la salud de un bebé? Por ejemplo, un considerable porcentaje de la mortalidad infantil podría evitarse introduciendo leves cambios en la dieta y reconociendo a tiempo los síntomas de riesgo en el bebé.

En el caso de los adultos, existe la necesidad de saber qué grado de cuidado debemos entregarles a los hijos o a los enfermos que están a nuestro cargo (pues cada enfermedad requiere poseer distintos tipos de conocimientos, lo cual concuerda con la afirmación de que cuidar de alguien constituye una tarea compleja y exigente), cómo ocuparnos de los ancianos que tenemos que mantener, cómo conservar la noción de riesgo siempre que estamos conduciendo o caminando por la calle, o cómo afrontar otros numerosos riesgos a los que nos vemos expuestos diariamente. Al llegar a la última etapa de su vida, un ciudadano preparado e informado sabrá cómo hacer más llevaderos los años que potencialmente aún le quedan, y especialmente cómo mantener una buena calidad de vida durante ese período.

© Shira Bentley

Las ventajas de haber recibido una formación

En resumen, los ciudadanos que han recibido una adecuada formación en materia sanitaria tienden a adoptar estilos de vida más saludables, a disfrutar de una mejor salud mental y a incurrir en menos comportamientos riesgosos. Cuando se presenta una enfermedad, son pacientes o cuidadores que suelen reaccionar en las etapas más tempranas de la afección, con lo que logran mitigar los casos más graves al intervenir cuando es más fácil controlar la situación. Ello se traduce no solo en una disminución de los gastos en salud sino además en una mejor recuperación, que resulta ser más rápida y con menos sufrimiento.

La educación de adultos se encuentra estrechamente vinculada a estos objetivos en el campo de la salud, por lo que aparece como una aliada natural. La educación no formal e informal de adultos se perfila como una herramienta particularmente adecuada para entregar conocimientos que resultan de utilidad cuando alguien se enferma o tiene personas enfermas a su cuidado. Por otra parte, la educación de adultos ofrece un acceso permanente a los contenidos considerados apropiados para determinadas etapas del ciclo vital, para las funciones sociales que debemos cumplir y para las patologías específicas con las que debemos lidiar. Por añadidura, la educación de los adultos mayores cobra especial relevancia por ser la fase de la vida en que se presentan la mayoría de las enfermedades, junto con la correspondiente necesidad no solo de tratar la afección y de administrar los medicamentos prescritos, sino además de ocuparse de todos los demás aspectos relativos a la vida cotidiana.

La educación y la formación permanente y a lo largo de la vida revisten también una enorme importancia para los profesionales de la salud. Hace mucho que abandonamos la idea de que cuando obtenemos un título en un área de la salud estamos preparados para ser buenos profesionales por el resto de nuestra vida profesional. Entre los años 2000 y 2005, numerosas asociaciones que representan a los profesionales de diversas áreas de la salud percibieron la necesidad de impartir una formación y una educación regulares a través de modalidades formales, informales y no formales, ya que en la época actual los conocimientos vigentes que cualquier especialista ha adquirido en un determinado momento quedan obsoletos dentro de un plazo promedio de cuatro años. Actualmente, algunas asociaciones estipulan que, para conservar su licencia profesional, sus miembros deben participar regularmente en programas de capacitación (por lo general cada uno a cuatro años), o de lo contrario corren el riesgo de ser suspendidos.

Educación contra las epidemias

Otro aspecto de la relación entre salud y educación de adultos deriva de los ODS (Objetivos de Desarrollo Sostenible). Los ODS orientados específicamente a la salud contienen un total de trece metas que deberán alcanzarse de aquí a 2030. De ellas, solo dos no guardan una relación directa (aumentar sustancialmente la financiación de la salud y la contratación; apoyar las actividades de investigación y desarrollo de vacunas y medicamentos). En tres casos, la alfabetización para la salud resulta absolutamente fundamental para alcanzar una serie de objetivos: poner fin a las epidemias del SIDA, la tuberculosis, la malaria y las enfermedades tropicales desatendidas y combatir la hepatitis, las enfermedades transmitidas por el agua y otras enfermedades contagiosas; reducir en un tercio la mortalidad prematura por enfermedades no transmisibles mediante la prevención y el tratamiento; promover la salud mental y el bienestar; reducción de riesgos y gestión de los riesgos para la salud nacional y mundial. En las ocho metas restantes se observan niveles variables de convergencia, pero siempre son positivos. La conclusión es que solo se podrá alcanzar los ODS si se cuenta con una contribución activa de la alfabetización para la salud.

Es importante puntualizar que la alfabetización para la salud no es una disciplina del futuro. Ella existe en la actualidad, si bien aún se encuentra en una etapa inicial y temprana, con la excepción de las campañas de vacunación. Iniciativas similares a las campañas de vacunación actualmente en curso, las cuales han salvado millones de vidas humanas, también pueden emprenderse en otras áreas como las enfermedades crónicas, el envejecimiento, los accidentes y las adicciones.

Casos de la vida real

A continuación analizaremos algunos breves ejemplos proporcionados por nuestra Unidad de Investigación, los cuales demuestran cómo la educación de adultos contribuye a mejorar la salud y los indicadores sanitarios.

Primer ejemplo.

Las mujeres adultas que vuelven a estudiar logran aumentar considerablemente su nivel de autoestima, extroversión y participación ciudadana.1 Este estudio se realizó en Portugal, y en él colaboraron alrededor de 3.500 mujeres, las cuales realizaron autoevaluaciones sobre la base de una serie de indicadores que consideraban los tres conceptos interrelacionados tanto antes como después de haber participado en un curso de educación de adultos. Se incluyeron aspectos como la autoestima y la extroversión (los dos pilares de la salud mental) a fin de demostrar cómo la educación de adultos contribuye directamente a mejorar y conservar la salud mental.

Segundo ejemplo.

Salud oral en Guinea-Bisáu. Este fue un proyecto llevado a cabo en conjunto con una ONG especializada en salud oral que trabaja en las islas Bijagós, la región más pobre de Guinea-Bisáu. El proyecto diseñó un programa de capacitación informal sobre la importancia de una buena higiene y salud oral, el cual estaba destinado a maestros, madres (el grupo étnico local vive sujeto a una estructura matriarcal) y actores sociales pertinentes. La ONG facilitó un dentista ad honorem a jornada completa, al que también se le encomendó la misión de organizar la campaña de capacitación. Entre sus tareas se incluía la de supervisar clases de enseñanza primaria en algunas de las islas. Al cabo de tres años, los responsables del proyecto estuvieron en condiciones de afirmar que el nivel promedio de salud oral de los niños y niñas de estas escuelas se acercaba a los niveles europeos. Asimismo, el hábito del cepillado de dientes también se extendió a los demás familiares de los niños y niñas. Ello dio origen a nuevos problemas, como el hecho de que todos los miembros de una familia compartieran el mismo cepillo de dientes.

Tercer ejemplo.

A nivel mundial, 71 millones de personas han contraído hepatitis C. Se trata de una de las enfermedades más fáciles de prevenir cuando se adoptan las medidas sanitarias básicas. Se validó plenamente la eficacia de 24 políticas de salud, no solo en lo referente a la prevención sino además al mejoramiento del diagnóstico y al tratamiento de las enfermedades. En el marco de este proyecto se diseñó una herramienta que considera las características epidemiológicas en la toma de decisiones sobre asuntos de salud. Luego, a través de numerosas plataformas (teléfonos inteligentes, tabletas y computadores) fue puesta a disposición de cualquier persona interesada en simular dichas políticas para determinar cuál era la más adecuada, medir el nivel de intensidad de su aplicación y verificar su impacto en una serie de enfermedades, nuevos brotes, la cantidad de trasplantes, la cantidad de pacientes que necesitan tratamiento, etc.

Las herramientas de este tipo pueden llegar a transformar al ciudadano común en un potencial defensor de las más nobles causas y prácticas sanitarias, y serían de particular utilidad para que las asociaciones de pacientes, los encargados de tomar decisiones, los profesionales de la salud, etc. logren determinar si se encuentran bien encaminados. Usted puede someterla a prueba en el sitio http://letsendhepc.com. La ­herramienta puede descargarse de manera gratuita.

Se está tendiendo un puente entre la salud y la educación de adultos, el cual, una vez afianzado, permitirá mejorar cualitativamente el estado de salud general de la población. Los meros beneficios potenciales transforman a la educación de adultos en el mejor aliado disponible en la actualidad para mejorar la salud de la población mundial.


Nota

1 / Estudio publicado por UNESCO-UIL (2011) en el libro “Acreditación del aprendizaje previo como palanca para el aprendizaje a lo largo de toda la vida”, en el capítulo a cargo de Henrique Lopes.


Lecturas complementarias

Feinstein, L.; Sabates, R.; Anderson, T. M.; Sorhaindo, A. y Hammond, C. (2006): What are the effects of education on health? En: Organisation for Economic Co-operation and Development (2006): Measuring the Effects of Education on Health and Civic Education.

Howard, J.;  Howard, D. y Dotson, E. (2015): A Connected History of Health and Education: Learning Together Toward a Better City. En: New Directions for Adult and Continuing Education, 145, 57-71.

Kasemsap, K. (2017): Promoting Health Literacy in Global Health Care. En: Culture of Learning Cities: Connecting Leisure and Health for Lifelong Learning Communities. IGI Global Ed.

Keikelame, M. J.  y Swartz, L. (2013): Lost opportunities to improve health literacy: Observations in a chronic illness clinic providing care for patients with epilepsy in Cape Town South Africa.  En: Epilepsy and Behaviour, 26, 36-41.

Kunthia, J.; Taniru, M. y Zervos, J. (2017): Extending Care Outside of the Hospital Walls: A Case of Value Creation through Synchronous ­Video Communication for Knowledge Exchange in Community Health Network. En: Dotson, E.; Hibbler, D. K. y Scott, L. (2017): Culture of Learning Cities: Connecting Leisure and Health for Lifelong Learning Communities. IGI Global Ed.

Lopes, H. (2011): Family, a key variable to explain participation in NOI and lifelong learning. En: Accreditation of prior learning as a lever of lifelong learning, 263-318. Bruselas: UNESCO/UIL y la Fundación Menon.

Lopes, H. (2015): Informe del Proyecto PIVS: Oral inspection of 8000 children made by MaS NGO. Analysis of efficiency, quality and epidemiology. 

Spring, B.; Ockene, J. y otros (2013): Better Population Health Through Behavior Change in Adults A Call to Action. En: American Heart Association / Circulation, 128, 2169-2176.

UNESCO (1999): Promoción y educación para la salud. Folleto 6b de
la Quinta Conferencia Internacional sobre Educación de Adultos, ­CONFINTEA V. Hamburgo: UNESCO.

UNESCO-UIL (2016): Tercer Informe Mundial sobre el Aprendizaje y la Educación de Adultos (GRALE, por su sigla en inglés). Hamburgo: UNESCO-UIL.


Sobre el autor

Henrique Lopes, es profesor e investigador en el campo de la salud pública. Trabaja en áreas como políticas de salud pública, calidad de la salud y bibliografía sobre la salud. También ha trabajado en investigaciones sobre educación de adultos. En la actualidad es coordinador científico de “Let’s End Hep C” (“Acabemos con la hepatitis C”), un proyecto de investigación europeo destinado a erradicar la hepatitis C de aquí a 2030.

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